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sábado, 6 de febrero de 2016

Así desapareció de la historia la casa de mis bisabuelos alemanes del Volga

La puerta al pasado se cerró para siempre. 
Mis tías, luego de mucho batallar con mi abuela, de ochenta y nueve años, lograron obtener la llave de la casa de mis bisabuelos, cerrada hacía más de veinte años. Para limpiarla –adujeron. Para hacer orden –sostuvieron. Ni lo uno ni lo otro. La verdadera razón de tanto interés repentino por la vivienda en la que habían desarrollado su vida mis bisabuelos, era arrasar con su memoria.  Borrarlo todo. Tirar a la basura, quemar, destruir. Abrir todo. Violar todo. Buscar. Husmear. Encontrar cosas útiles y tirar lo inútil. Que, según ellas, significaba tirar todo, absolutamente todo. Salvo, claro está, dos o tres nimiedades que tuvieran algún valor económico. Ni siquiera se salvaron los retratos de mis bisabuelos. ¿Para qué los querés si no sabés quiénes son? –me reprocharon cuando quise salvarlos. Los vi consumirse en el fuego angustiado. Lo único que remedaba sus facciones, desaparecía para siempre. Era como si nunca hubieran existido.
Mis tías y mis tíos sacaban y sacaban más y más cosas de la casa. Papeles amarillos, ropa pasada de moda, sábanas bordadas, cortinas tejidas a crochet, almohadones de plumas, colchones de lana de oveja… todo iba a parar sobre una gran fogata que ardía en el fondo de la casa. Emanaba humo negro, oscuro. De luto.
Yo era apenas un niño y presencié cómo arrasaron con todo. Destruyeron mis raíces. Mis recuerdos. Me dejaron las manos vacías. Lo que para mí hoy tiene un valor incalculable para ellos no significó nada. Todo les pareció vetusto. Viejo. Desechable. Lo pasado pisado –me dijo una de mis tías al descubrir mi mirada devastada que observaba horrorizado como tío Luis hachaba, haciendo pedazos, un ropero antiguo, una mesa gastada, sillas heredadas de generación en generación.
Era la época en que había que deshacerse de todo vestigio que nos remitiera a nuestro pasado alemán del Volga. Estaba mal visto. Era doloroso soportar como nos trataban. El prejuicio, la discriminación, la ignorancia de los demás, dolían mucho –se disculpó muchos años más tarde una de mis tías, anciana ya, que participó de la quema.
No pararon hasta que la casa estuvo vacía. Solo quedaron las machas de humedad y los rectángulos oscuros en las paredes, dónde hubo cuadros colgados. Y un eco devastador repitiendo nuestras voces ajenas. Y detrás de ese eco, un silencio de tumba profanada.
Así está mejor –exclamó satisfecha tía Bárbara, al recorrer la casa pasando revista.
Cumplida la misión decidieron que había llegado el momento de venderla. Todos tenemos nuestras propias casas –adujo tía Clara. ¿Para qué la queremos? ¿Para juntar mugre? –preguntó satisfecha de haber encontrado una excusa que no iba a discutir nadie.
Con tesón inquebrantable fueron horadando la resistencia de abuela. Ella no quería vender. Y era lógico que fuera así. Después de todo era la casa de sus padres, la casa dónde había nacido y había sido feliz. Pero, tanta insistencia, tanto martirizarla diariamente con “la casa se viene abajo”, que abuela terminó accediendo.
Y la vendieron. Y se repartieron el dinero.
Los nuevos propietarios la reformaron. Los que vinieron después también. La modernizaron –dijo tía Marta.
Y así fue como la casa de mis bisabuelos desapareció para siempre. Al igual que todo lo que había dentro.

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