
“En la cocina teníamos una mesa vieja,
varias sillas, un banco largo, un estante de madera, donde poníamos los platos
y los vasos, las ollas colgadas de la pared” -revela.
“Mi niñez no fue fácil pero sí muy
feliz. Las tardes de verano las pasábamos en la quinta de verduras, regando,
comiendo tomates frescos, y a la noche, andábamos por las calles atrapando
bichitos de luz para poner en los frascos y usarlos como faroles” –se emociona-
“mientras mis padres se sentaban en la vereda a conversar con los vecinos”.
“Éramos muy chicos. Yo tenía ocho
hermanos y los vecinos de al lado tenían once hijos y los del otro lado, nueve
o diez, ya no me acuerdo muy bien, pasó tanto tiempo” – se disculpa Zulema, que
acaba de cumplir ochenta y siete años.
“Nuestros juegos eran sencillos y
simples. Jugábamos a la escondida, a la mancha, a la rayuela, a la muñeca,
todos juntos en la calle. Nadie tenía televisión ni radio. Los ricos sí tenían
radio pero nosotros, la mayoría en la colonia, no. Los pobres apenas teníamos
para comer” –remarca.
“Pero nunca nos faltó nada” aclara. “Nuestros
padres nos dieron todo lo que pudieron. Eso sí, las verdaderas golosinas recién
las probé cuando cumplí catorce años. Todavía recuerdo el sabor de los
caramelos con relleno” –suspira.
“Tanta pobreza hizo que la familia se
deshiciera muy pronto. Es una lástima. Porque todos nos casamos demasiado
jóvenes” –reflexiona. “Yo me casé a los quince y a los veinte ya tenía tres
hijos y uno más en camino. En total tuve trece hijos. Once vivos y dos
fallecidos” –evoca.
Doña Zulema cuenta su vida con alegría. Es
una mujer jovial. Siempre sonriente. Siempre atenta a su familia. Aunque vestida
de negra, jamás muestra un rostro serio o un semblante triste. Sus ojos y su
rostro siempre irradian felicidad.
“Sufrí pero también fui muy feliz” –sentencia.
Contar su historia de vida le hace bien.
Se le nota.
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