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miércoles, 4 de mayo de 2016

Doña Luis y los dos repasadores

Doña Luisa se secó las manos en el delantal. Puso a un lado la palangana con agua en la que lavaba dos repasadores. Caminó hacia la casa e ingresó a la cocina. Tomó una cuchara de madera y revolvió el contenido de una cacerola que estaba cocinándose sobre la cocina a leña. Bajó el paquete de yerba de la alacena. Buscó el mate, la bombilla; arrimó al fuego la pava para terminar de calentar el agua. Y cuando hubo probado los primeros mates, se sentó junto a la mesa, en silencio. Un silencio que duró poco.
Encendió la radio. Un locutor, con voz grave y solemne, informó los nombres de las personas fallecidas en la localidad.
Se puso de pie. Salió al patio. Miró hacia la calle, luego hacia el patio de la vecina. Allí descubrió a doña Ana. La llamó para contarle la novedad que escuchó en la radio.
Hablaron sobre los muertos. Cómo murieron. Cuándo. La hora del entierro. Se condolieron del sufrimiento de las familias. Suspiraron al unísono, exclamando “no somos nada” y “Dios los tenga en la gloria”. Intercambiaron conocimientos adquiridos durante largas noches de vigilia en prologados velorios de seres queridos fallecidos en terribles circunstancias o muertos a causa de enfermedades terminales. Hablaron de manera explícita. Cruda. Sin miedo a la muerte.
Las ancianas hablaron y hablaron. Vestidas de negro. Delantal gris. Bajo la sombra de un sauce llorón, paradas cerca de la bomba de agua, sobre cuya pileta de cemento esperaba la palangana con los dos repasadores para ser lavados.

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