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sábado, 16 de julio de 2016

El eterno e inolvidable amor de nuestros padres

Mamá y papá despidieron seis hijos. Seis veces se quedaron en el portal de casa agitando la mano viendo como uno de sus hijos se iba de la colonia para hacer su vida. Seis veces lloraron en silencio el amargo sentimiento de perder a un ser querido que, aunque no fallecía, se iba para no volver. Seis veces experimentaron la triste orfandad de contemplar otra cama vacía. Seis veces sintieron desangrarse y seis veces descubrieron, cada vez mas azorados y melancólicos, como la casa parecía volverse más inmensa y la soledad más dolorosa e insoportable.
Mamá y papá no supieron o no quisieron aprender a vivir sin la presencia y la compañía de sus hijos. Los extrañaban demasiado. Por lo que decidieron llenar la casa de recuerdos y la convirtieron en un santuario dedicado a venerar el ayer. Desempolvaron antiguos objetos que habían sido descartados por el uso y el paso de los años y los atesoraron como reliquias. Buscaron en el desván y en vetustos baúles, hasta dar con los juguetes del nene: sus soldaditos de plomo, la vieja pelota de fútbol, los autitos de lata, las ya amarillentas revistas Patoruzú; los chiches de la nena: sus muñecas, sus trapitos que simulaban ropa de bebé. El traje que usaron el día que tomaron la Primera Comunión; los útiles escolares, manchados de tinta y gastados por el tiempo; las primeras cartas de amor cuando adolescentes soñaban con el mañana compartido con un querer que pronto olvidaron. Y tantas cosas más que los regocijaba en el recuerdo y los hundía cada vez más en el olvido del presente,
Mamá y papá envejecieron sin darse cuenta ni importarles el transcurso de los años y de la vida. Su ciclo vital había concluido con la marcha de los hijos. Les dieron vida, los criaron, los educaron, les entregaron lo mejor de sí mismos, y les dieron alas. Y los hijos volaron. Se fueron como todos los hijos, sin volver la mirada, dejando a los pobres padres soñando un regreso que nunca se produjo.

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