
“Comida había muy poca, la esencial para
sobrevivir: mucha harina, leche y levadura, carne, verduras… y lo que nos
traían los vecinos para completar el menú. Frutas casi no veíamos, salvo que
los frutales de la colonia estuvieran en plena producción. Golosinas ni hablar.
Eran un lujo que nadie podía darse” –afirma.
“La ropa escaseaba. Teníamos una muda
para los días de semana y otra para los domingos, para ir a misa. Las prendas
las cosía mamá, con moldes que ella misma diseñaba. Las hacía para el hijo más
grande de la familia y de allí en adelante, un hermano se pasaba la ropa al
otro. Al último siempre le tocaban prendas gastadas y remendadas” -confiesa.
“Lo mismo sucedía con los útiles
escolares. Se compraban una sola vez y luego pasaban de hermano en hermano”
-agrega.
“Para ayudar en la economía hogareña,
salíamos a pescar mis hermanos y yo. No solamente pescábamos peces sino que también
atrapábamos nutrias, peludos, mulitas y cuanto vicho podíamos agarrar: todo
venía bien para la olla familiar” -evoca.
“Tiempo para jugar había poco, como
asimismo había poco tiempo para asistir a la escuela. Ni jugar ni ir a la
escuela. Primero estaba el trabajo y ayudar a criar a los hijos que nuestros
padres traían al mundo” -sostiene.
“La vida era distinta. Empezamos a
trabajar seriamente a los once años. A esa edad me mandaron a tomar empleo en
un campo, como ayudante de cocinera en una cosecha de trigo. Y a partir de ese
momento no paré nunca, hasta que me jubilé. Eso sí, el sueldo había que
entregarlo en casa. A ningún hijo se le hubiese ocurrido no entregar el sueldo
a sus padres” –finaliza.
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