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martes, 1 de noviembre de 2016

María Gottfriedt, de 86 años, nos cuenta cómo era ser niña en las colonias de antaño

“La casa de mi niñez tenía solamente una habitación, dónde dormíamos mamá, papá, mis cuatro hermanos y yo, y en la cocina, donde estaba la cocina a leña, había una mesa larga, unas pocas sillas, un banco largo de madera, contra la pared. Era de adobe con chapa de techo cubierto con paja de trigo. Cada vez que soplaba un viento fuerte teníamos miedo que se nos volara todo. También estaba el infaltable Nuschnick, a unos cuantos metros de la vivienda y la bomba de agua, con su pileta de cemento” -revela.
“Comida había muy poca, la esencial para sobrevivir: mucha harina, leche y levadura, carne, verduras… y lo que nos traían los vecinos para completar el menú. Frutas casi no veíamos, salvo que los frutales de la colonia estuvieran en plena producción. Golosinas ni hablar. Eran un lujo que nadie podía darse” –afirma.
“La ropa escaseaba. Teníamos una muda para los días de semana y otra para los domingos, para ir a misa. Las prendas las cosía mamá, con moldes que ella misma diseñaba. Las hacía para el hijo más grande de la familia y de allí en adelante, un hermano se pasaba la ropa al otro. Al último siempre le tocaban prendas gastadas y remendadas” -confiesa.
“Lo mismo sucedía con los útiles escolares. Se compraban una sola vez y luego pasaban de hermano en hermano” -agrega.
“Para ayudar en la economía hogareña, salíamos a pescar mis hermanos y yo. No solamente pescábamos peces sino que también atrapábamos nutrias, peludos, mulitas y cuanto vicho podíamos agarrar: todo venía bien para la olla familiar” -evoca.
“Tiempo para jugar había poco, como asimismo había poco tiempo para asistir a la escuela. Ni jugar ni ir a la escuela. Primero estaba el trabajo y ayudar a criar a los hijos que nuestros padres traían al mundo” -sostiene.
“La vida era distinta. Empezamos a trabajar seriamente a los once años. A esa edad me mandaron a tomar empleo en un campo, como ayudante de cocinera en una cosecha de trigo. Y a partir de ese momento no paré nunca, hasta que me jubilé. Eso sí, el sueldo había que entregarlo en casa. A ningún hijo se le hubiese ocurrido no entregar el sueldo a sus padres” –finaliza.

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