Por María Rosa
Silva Streitenberger

Hasta que una lluvia torrencial comenzó
a caer en la colonia. Con la lluvia llegó el malestar de Federiquito. Cada hora
se ponía peor y cada hora la lluvia era más intensa. Federiquito pregunta por
su papá. Mamá asustada le dice que está por llegar. Ojalá fuera cierto y papá
estuviera en casa para no sentirse tan sola y desprotegida. No se lo ve bien a
su niño y no puede hacer nada. Llueve mucho y el pueblo está lejos. No hay
medio de transporte y las calles se volvieron puro barro.
Por la noche, Federiquito vuela de
fiebre, su rostro pálido, más pálido aún por la tenue luz de la lámpara
presagia algo muy malo. Mamá lo contempla con el alma destrozada porque sabe
que se va, de a poco, su pequeño angelito. Mamá se queda dormida un rato y
cuando despierta sobresaltada, lo mira y rompe en el llanto más desgarrador que
existe, el llanto de una madre ante la pérdida de un hijo.
Al amanecer ya todo
es calma. La lluvia cesó, el malestar del pequeño también. Ya su cuerpo
encontró la paz, menos el alma de mamá, que quedó en carne viva, sufriendo en
soledad, la pérdida de su amado hijito.
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