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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Una historia de amor en los tiempos de nuestras abuelas

Su madre la retó cuando le contó que le gustaba Pedro. Sí, la retó y mucho. Y le dijo unas cuantas verdades. Sí, así las llamó: “verdades”. Igual ella, mucho no entendió  o no quiso entender. Ella sólo sabe con certeza que se siente atraída por Pedro y que quiere casarse con él, formar una familia, como la de sus padres, tener una casa, con muchos hijos y trabajar en el campo. Eso es lo que más desea. Su madre le dijo que era una desagradecida por pensar en sí misma cuando tendría que estar pensando en conseguirse un trabajo para ayudar a criar a sus hermanos. Que por eso también era una mala hija. Que cómo podía estar pensando en un hombre. Que eso es pecado. Acaso no se lo había dicho bien clarito la abuela, que tuviera cuidado con los hombres, que si un hombre la besaba en la mejilla podía quedar embarazada y tener un hijo y correr el riesgo de ser una madre soltera. Después nadie la va a querer ni a mirar. Fue ahí. Sí, fue en ese momento cuando preguntó: “Cómo… ¿Los hijos no los trae el arroyo?” Y fue ahí, en ese instante, en que la madre se puso incómoda y vergonzosa y cambió enseguida de tema y dijo: “No quiero que vuelvas a ver a Pedro. Antes de pensar en un tipo tenés que ayudar en la casa. Además tu papá quiere que te cases con el hijo de don Agustín. Don Agustín  te quiere para uno de sus hijos. Para Luis. Es un muchacho muy trabajador. Salió al padre. Don Agustín ya habló con nosotros y tu papá le dijo que no había problema, que en dos años no había problema, que primero te necesitamos en casa. Y don Agustín, entendió. ¡Es un hombre tan comprensivo! “Nunca te va a faltar  nada”, le dijo seria su madre. Eso le dijo: “Nunca te va a faltar nada”.
Pero yo no lo quiero a Luis –piensa-, yo lo quiero a Pedro. Y recordó cuando se vieron en secreto en el galponcito donde se guarda la leña y él la tomó de la mano, o cuando se encontraron de casualidad en el almacén y los dos hicieron cómo que no se conocían ni que se hablaban, para que nadie sospeche nada. No, ella no quiere al hijo de don Agustín. Ella lo quiere a Pedro. Por eso aceptó irse de la colonia. Ellos dos solos. Pedro y ella. Nadie más. Se van a ir esta madrugada, cuando todos duerman. Lejos. Bien lejos. ¿A dónde? Ella no lo sabe y Pedro tampoco. Porque Pedro lo reconoció cuando él le propuso fugarse juntos. Solamente sabía que se iban a ir bien lejos, a trabajar en el campo y cuando ella sea mayor se van a casar. Pedro se lo prometió. Y le prometió que van a tener una casa, con muebles, con una bomba de agua, un jardín, una huerta, gallinas, algunas vacas. Eso le prometió Pedro. Y ella le cree. ¿Por qué no iba a creerle? A él. Justamente a él. Si ella no le pidió nada y él le prometió todo.
Ella se llama María Angélica Dornes y él, Pedro Agustín Lambrecht. Se casaron lejos de la colonia en 1958, en una parroquia rural. Los padrinos de la boda fueron dos peones rurales desconocidos que trabajaban en la misma estancia donde trabajaban ellos. Tuvieron nueve hijos. Pero jamás lograron tener una casa propia, como Pedro le había prometido. Murieron lejos de su gente, de su pueblo. Primero él y a los dos años, ella. Grandes. Ancianos ya. Contentos y satisfechos con la vida que habían vivido juntos.

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