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miércoles, 8 de febrero de 2017

Traumática historia de vida contada por su protagonista

La imagen es meramente alegórica.
Doña Águeda desea contar su historia de vida pero sin revelar su apellido. Tiene temor de que los vecinos la señalen con el dedo y que sus hijos la consideren una mala madre, explica.  Cuenta que guarda un secreto que la atormentó a lo largo de toda su existencia. Un hecho que la marcó profundamente y destrozó sus sueños de casarse virgen y de, según afirma, “poder mirar a mi esposo y a Dios a los ojos”. En esta historia quedan en evidencia no solamente los prejuicios y las severas normas morales, religiosas y sociales que gobernaban la época sino también cómo las personas de dinero y poder se aprovecharon de la necesidad de los más humildes.

“Tenía catorce años –relata-, cuando mis padres me entregaron como empleada doméstica a una familia rica de Buenos Aires, que tenía mucho campo por la zona de Bahía Blanca. Me subieron a un tren con mi atadito de ropa, sola, y me mandaron a Buenos Aires, donde, en la estación, me estaba esperando uno de los empleados de mis patrones. Me llevó a una casa inmensa, en el barrio de Palermo, donde me presentó a mis compañeras de trabajo, que eran tres. Me entregó un uniforme y las chicas me enseñaron lo que tenía que hacer y cómo comportarme. El trabajo empezaba a las seis de la mañana y terminaba cuando el último integrante de la familia se iba a dormir o decía que ya no necesitaba nada de la cocina.  Tenía que hacer de todo en la casa. Desde ayudar en la cocina, lavar, planchar, limpiar las habitaciones, hasta lustrar los pisos arrodillada para sacarles brillo. El sueldo que pagaban era una miseria pero había que aguantar, no quedaba otra. La plata se la mandaban todos los meses a mi padre que la necesitaba mucho, porque la estaban pasando muy mal. Había que mantener a una familia con quince hijos. La pobreza era tan grande y había que cuidar tanto los gastos, que yo solamente iba de visita a la casa de mis padres una vez al año. El viaje era muy caro. Y como yo no tenía familiares ni amigos en Buenos Aires, también tenía que trabajar sábados y domingos” –evoca.
“Los primeros días me la pasé llorando en secreto y llamando a mi mamá” -agrega. “Le pedía a Dios que mi papá me viniera a buscar; pero nunca vino. Con el tiempo me fui acostumbrando a estar siempre sola. Hasta que un día el hijo menor del patrón me empezó a hablar y a visitarme en la cocina. Tenía dos años más que yo. Me regalaba la ropa que ya no usaban sus hermanas, una cadenita y una pulsera. De a poquito nos fuimos conociendo. A veces me tocaba las manos y yo las apartaba enseguida. Me daba mucha vergüenza. Después empezó a robarme besos. Así hasta que un día, en que los patrones no estaban en la casa, se apareció en mi pieza para preguntarme si quería ser  su novia para casarme con él. Le dije que sí. Era muy tonta en aquel momento. Nunca había salido de la colonia. No sabía nada de la vida. Fuimos novios en secreto hasta que quedé embarazada y el patrón se enteró. Se enojo mucho, me gritó, me dijo que yo tenía la culpa, me insultó y casi me pega. Al otro día, al hijo lo mandó a Córdoba, a la casa de unos parientes, y a mí me subió a un tren y me mandó de vuelta a la casa de mis padres. Fue terrible. Mis padres se enojaron mucho también. Mi papá me dijo que había cometido un pecado muy grave y que, por eso, Dios me iba a castigar. Mi mamá lloraba y gritaba. Me repetía una y otra vez ‘y ahora que va a decir la gente’. Me encerraron en la pieza y no me dejaban salir para que nadie me viera. Fue terrible. Tuve mucho miedo. A la semana mi papá me mandó al campo en compañía de mi madre, a casa de unos tíos, para que nadie se enterara en la colonia de que estaba embarazada. Mi papá también pasó unos días en el campo. Me escondieron hasta que nació mi hijo. Cuando regresamos a la colonia mis padres le dijeron a todo el mundo que mi mamá había tenido un hijo. Nadie se enteró jamás de la verdad, ni siquiera el día en que mi hijo murió en un accidente en un campo en el que trabajaba de peón, a los cuarenta y cinco años” –confiesa llorando.
“Al regresar del campo con el bebé me dijeron que tenía que casarme enseguida para no volver a cometer el mismo error. Así que a los pocos meses me casé con uno de los hijos del vecino, que era un hombre muy bueno y fue un buen esposo y un padre excelente. Tuvimos seis hijos. Siempre estuvimos unidos, trabajando en el campo pero nunca pude recuperarme del todo. Al principio mi marido me preguntaba qué me pasaba porque siempre me veía triste y llorando. Me lo preguntó varias veces, hasta que una noche se enojó y me dijo que me dejara de llorar por los rincones porque si no lo hacía él me iba a dar un buen motivo para llorar.
“Con el tiempo aprendí a ocultar lo que me pasaba pero fue muy duro. Mi vida fue una tortura y empeoró con los años. Sentí tanto dolor que es imposible de contar. Dicen que el tiempo lo cura todo. Eso es mentira. El tiempo no cura nada. Al contrario. Empeora las cosas. Porque con los años me fui quedando sola. Otro de mis hijos murió y los demás se casaron y se fueron de casa. Y mi esposo también murió y me dejó sola. Y yo me quedé viva para sufrir y llegar a vieja como castigo” –sentencia doña Águeda, que hace unos días cumplió ochenta y nueve años.

2 comentarios:

  1. La historia de esta pobre mujer,es muy repetida en casi todas las familias de inmigrantes ,era muy común también el castigo que recibian,y era frecuente hacer pasar ese niño como hijo de su abuela. y las pobres muchachas que ya habían sido victimas de un engaño ,eran despojadas,de su bebé para completar su dolor y a esto le sumaban el desprecio ,de su familia ,todo muy triste.

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  2. Violencia de género total,de parte de extraños y de su propia familia...que triste.

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