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jueves, 9 de marzo de 2017

En nuestra niñez no había chocolates ni caramelos pero siempre teníamos sobre la mesa fuentes llenas de Kreppel y Dünne Kuche que preparaba mamá

En nuestra niñez no había confites, ni chocolates ni alfajores ni caramelos ni chupetines ni turrones, pero siempre teníamos sobre la mesa fuentes llenas de Kreppel, de Dünne Kuche, de Strudel, que preparaba mamá, para mimarnos el alma y estómago. Cuánta delicia en esas tortas amasadas por las manos tiernas de nuestras madres en las madrugadas de verano, luego de ordeñar las vacas. Esas manos dulces llenas de callos de tanto trabajar en el campo, ayudando a papá en la huerta, en la cocina haciendo mil y una tareas. En nuestra niñez no sobraba la plata para ir a un kiosco y comprar golosinas, es cierto, pero eso no importaba porque mamá suplía todas esas carencias, que no eran tales, con exquisitas comidas, tortas, dulces, mucha ternura y mucho amor. ¿No es cierto?

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