Todo dependía de la presión que el
chofer le impusiera. Si con suerte venía uno con ganas de divertirse, aumentaba
la presión; entonces, el chorro crecía hasta cubrir la mitad de las veredas
obligándonos a escapar y pegar la espalda contra la pared entre risas
nerviosas. Claro que alguno de los varones aceptaba gustoso el reto y se dejaba
envolver por el enorme chorro, mientras las chicas gritaban con una mezcla de
horror, admiración y algo de envidia. Tras el paso del tractor, el barrio quedaba
perfumado por el inconfundible aroma de tierra mojada.
Melancólicos recuerdos que todavía
sobreviven como sobrevive, pese al avance tecnológico y al crecimiento de las
colonias, el regador. Las décadas han trascurrido, he dejado de ser un niño,
pero en mi alma aún perdura aquella sonrisa pícara de querer cometer
una travesura cada vez que veo pasar el regador.
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