Una vez tostadas,
abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy
pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las
personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita
con los dedos.
Nosotros la
mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas
creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las
comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a
comer!!!
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