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sábado, 25 de noviembre de 2017

El paraíso terrenal de las hermanas religiosas


De niño daba gusto ingresar en el área privada de la escuela parroquial, donde residían y desarrollaban su vida misional las hermanas religiosas. Allí uno se encontraba con un universo santo, en el que reinaba el silencio, solo interrumpido por la oración, y la paz espiritual y una realidad terrenal que siempre nos causó respeto. En aquellos años, en los tiempos felices de la niñez, y todavía hoy, en esta etapa adulta de nuestro existir. Las hermanas religiosas producían todo lo que necesitaban para subsistir y lo que no podían generar por medios propios, lo dejaban en las manos de Dios, que nunca dejó de asistirlas mediante la generosidad de un colono.
Las hermanas religiosas tenían una huerta grande, donde sembraban y cosechaban todo tipo de verduras y hortalizas, para cocinar, preparar encurtidos, y obsequiar a las familias humildes; árboles frutales para elaborar sus sabrosos dulces; colmenas, que las abastecían de miel; un molino y un estanque con peces de colores; un jardín con flores de todas las especies imaginables; y una cocina, con aromas y sabores celestiales, que permanecía activa de la mañana temprano hasta bien entrada la noche.

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