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miércoles, 1 de noviembre de 2017

La viuda

La viuda, vestida toda de negro, año tras año, transcurría en soledad su existencia cotidiana. Tanto en los tórridos veranos, como en los gélidos inviernos, la anciana acudía a misa, llevando en las manos una Biblia y un rosario. La cabeza cubierta, la mirada triste, y los ojos húmedos de llanto. Se sentaba en el primer banco, frente al crucifijo, cerca del altar. Escuchaba misa abstraída. Sus manos a veces temblaban, sus labios también. Siempre sola. Nadie la visitaba en su hogar ni nadie se sentaba junto a ella en la iglesia. Sus pensamientos y sus palabras solamente estaban reservados a Dios. 
Vivía sola en una casa de adobe. La casa de sus padres. La casa que compartió con su marido. La casa en la que nacieron sus tres hijos. Y también la casa donde veló a su esposo, sus dos hijos y despidió para siempre a su único hijo vivo el día en que se marchó a la Capital Federal para empezar otra vida, lejos de la tierra que lo vio nacer y crecer.
La viuda, vestida toda de negro, transcurría en soledad su existencia cotidiana, llorando a sus muertos, extrañando a su único hijo vivo.

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