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martes, 10 de julio de 2018

Emigrar a América fue un hermoso y bello sueño

Nunca olvidó la mañana aquella, en que apesadumbrado y triste,
besó a su madre en la frente, estrechó a su padre en un fuerte abrazo, y uno a uno les dijo adiós a sus hermanos, un adiós eterno como los días y como las horas que pasan y no vuelven, como el olvido que sepulta en el pasado hasta el recuerdo más querido y añorado.
Nunca olvidó la mañana aquella en que junto a otros emigrantes trepó al carro y al trote lento de los caballos abandonó la aldea. Mientras en el aire flotaba el ahogado silencio del llanto contenido de las madres, novias, hermanas... y de algunos que, mirando el suelo, no querían despedirse, porque sabían, porque intuían, porque comprendían, que nunca regresarían. Jamás lo lograrían. Nunca volverían a pisar el amado suelo, ni abrazar a los seres queridos que permanecían en el portal de la casa despidiéndolos.
Nunca olvidó la mañana aquella en que se alejó del Volga para siempre. Nunca. A pesar de que los años en la Argentina fueron dulces y prósperos. A pesar de levantar cosecha tras cosecha, de sembrar sueño tras sueño, ideal tras ideal, de construir un hogar, de tener hijos argentinos, nietos... Nada cambió. ¿O sí? Claro que cambió. Cambió su hogar, su terruño, su patria, que ahora se llama Argentina, la tierra de sus hijos, el país de sus descendientes... Todo cambió. Pero no cambiaron sus recuerdos ni su antigua angustia, esa angustia lejana que en madrugadas de insomnio le hace rememorar a sus padres y hermanos, que permanecieron allá lejos, allende el mar, en el Volga, esperando su regreso. Un regreso que esperaron en vano como en vano él esperó poder retornar un día para contarles que su sacrificio valió la pena, que “ir a América” no fue una locura, sino un hermoso y bello sueño.

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