
El abuelo era comprensivo y noble
y nos llenaba el alma de historias. Sentado sobre su falda aprendimos que
existe un río lejano y misterioso llamado Volga y una aldea de ensueño donde él
nació. Nos enteramos que un día se hizo a la mar para venir a la Argentina.
Supimos de su secreta tristeza y de su hondo dolor, porque allá, allende el
mar, quedó sus parientes, que nunca volvió a ver. Y nos emocionamos
escuchándolo cantar melancólicas canciones que hablaban de amores imposibles,
de despedidas y adioses permanentes.
El abuelo era dulce y tierno.
Sabía comprendernos y era nuestro compinche cuando había que guardar un
secreto, sobre todo si cometíamos alguna diablura de la que no tenían que
enterarse mamá ni papá. Compartía nuestros juegos, nos enseñaba juegos nuevos,
y nos miraba hacer la tarea, satisfecho de que sus nietos pudiéramos estudiar y
ser alguien en la vida. Ya que el pobre abuelo solamente había podido estudiar
hasta segundo grado y por eso, apenas si sabía leer y escribir. Pero eso no nos
importaba, sabíamos que él era un hombre bueno y que era el mejor abuelo del
mundo. Con el tiempo aprendimos que el poseía el más sabio de los conocimientos,
que es la sabiduría que da la vida.
Estábamos tan unidos al abuelo
que nunca pensamos que un día tendríamos que separamos: aún éramos muy niños
para saber que hay una ley de la vida que dice que toda existencia humana tiene
un límite y que ese límite es la muerte.
Y un día nos despertamos con la
noticia de que el abuelo había fallecido. El mundo mágico, ese universo de
cristal y cuento de hadas, se deshizo de golpe, se rompió para siempre.
Sentimos un gran vacío y una tristeza que parecía no tener consuelo. Ni
siquiera en los brazos de mamá pudimos comprender por qué Dios se llevaba a
nuestro abuelo.
Enojados con el destino, junto a
la familia velamos su cuerpo y acompañamos sus restos al cementerio, llorando
desconsoladamente.
Frente a su tumba, y antes de
marchamos, prometimos ser todo lo que el abuelo esperaba de nosotros, para que
pudiera sentirse orgulloso de sus nietos. También prometimos que nunca lo
íbamos a olvidar. Promesa que cumplimos, al escribir este relato. (Autor: Julio
César Melchior).
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