
Una
vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que
éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como
hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando
la pepita con los dedos.
Nosotros
la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de
pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya
si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón
y a comer!
No hay comentarios:
Publicar un comentario