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viernes, 30 de enero de 2026

La educación de las niñas en las aldeas de antaño

 La educación de las niñas en las aldeas alemanas del Volga estaba trazada, desde la cuna, por un destino de servicio, abnegación y fortaleza. A diferencia de los varones, cuya instrucción se orientaba a la fuerza del campo y el liderazgo comunitario, la niña era formada para ser el alma invisible pero resistente del hogar. Su aprendizaje no buscaba el brillo intelectual ni la independencia, sino el dominio perfecto de un complejo sistema de saberes domésticos y virtudes espirituales que garantizara la continuidad de la familia y de las tradiciones más profundas de su estirpe.
​Desde muy temprana edad, la niña abandonaba los juegos para convertirse en la alumna perfecta de su madre. En la cocina, aprendía los secretos de las recetas ancestrales, entendiendo que el alimento era mucho más que sustento: era un rito de unión. Aprendía a amasar el pan con la fuerza necesaria para que el horno de barro entregara piezas perfectas, a manejar la palangana y la tabla de lavar hasta que sus manos se enrojecieran por el frío y el jabón casero, y a dominar la aguja con una precisión que rozaba el arte. Coser, remendar, tejer y bordar no eran pasatiempos, sino habilidades críticas de supervivencia en un mundo donde nada se desperdiciaba y cada prenda debía vestir a varias generaciones de hermanos.
​En la escuela, su paso solía ser más breve que el de los varones, pero no menos riguroso. Se ponía especial énfasis en su caligrafía y en su capacidad para leer las Sagradas Escrituras, pues ella sería, en el futuro, la primera maestra de fe de sus propios hijos. Sin embargo, su verdadera formación era la del "carácter": se le enseñaba el valor del silencio, la modestia en el vestir y la templanza ante el dolor. Una niña educada era aquella que sabía cumplir con sus deberes sin quejas, que mantenía la casa impecable mientras cargaba a un hermano menor en brazos, y que comprendía que su voluntad debía estar siempre subordinada a las necesidades del grupo familiar y a la autoridad del padre.
​Esta educación también incluía el duro aprendizaje de las tareas rurales que recaían sobre los hombros femeninos. Las niñas eran responsables de la quinta, del cuidado de las aves de corral y del ordeñe matutino, tareas que realizaban antes de que el sol terminara de salir. Esta preparación integral las convertía en mujeres de una resiliencia asombrosa, capaces de gestionar una economía doméstica compleja, criar a una decena de hijos y trabajar la tierra a la par del hombre, todo sin perder la devoción religiosa que era el norte de sus vidas. Era una pedagogía del sacrificio silencioso que forjaba mujeres de hierro con manos de artesanas.

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