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domingo, 30 de enero de 2011

Dejar el hogar

Una leve brisa. Unas hojas secas. Un jardín marchito en una casa vacía. Ventanas clausuradas. Puertas cerradas para siempre. Y un hombre con dos valijas saliendo a la calle, bajo una llovizna tenue como lágrimas que caen del alma mientras deja atrás el hogar paterno.
Se marcha. A cada paso que da va naciendo la nostalgia, entre una espesa bruma de melancolía.
En la casa deja su vida de niño, las alegrías, tristezas, travesuras, y el cielo de los ojos de su madre que se cerraron para toda la eternidad hace dos días. De la misma manera que se apagaron los ojos de su padre hace tres años. En la cocina permanecen aromas a café con leche, chorizo casero, frituras de Kreppel… Horas de estudio, de conversación, de risas, de llanto, de palizas, de arrullos, de miedos, de esperanzas…
El hombre se marcha. Deja la casa clausurada y el corazón abierto en una herida que no cicatrizará jamás. Todavía no sabe que terminará sus días lejos de allí, viviendo en un lugar abandonado, en una habitación sin otro mueble que una cama vieja y un sentimiento de olvido que lo llevará a la muerte.

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