T

T

domingo, 2 de enero de 2011

La educación en los pueblos alemanes de antaño: La escuela estatal y la alemana

Recuerda un habitante de los pueblos alemanes que en los primeros tiempos de las colonias “era frecuente, para aminorar la pena, que se nos hiciera arrodillar sobre pedregullo o sobre granos de maíz. Lo más común era que, cuando no se sabía bien la lección que había que recitar de memoria, generalmente la del catecismo, cada error que se cometía se retribuía con una cantidad equivalente de varazos”.

"Nosotros asistíamos a las dos escuelas”, rememora un alemán del Volga que vivió su niñez en las colonias de los años ’30 del siglo XX. “Por la mañana a una y por la tarde a otra. Regresábamos de la escuela al caer la tarde, y tras una breve pausa para ingerir algún alimento, había que entregarse a la tarea de hacer los debe­res para la escuela castellana, tarea que se prolon­gaba hasta bien entrada la noche. Y a la mañana éramos los primeros de la casa en abandonar la cama (para) memorizar la parte que se nos había asignado del catecismo, en idioma alemán por supues­to. La tarea de memorizar, que se prolongaba a lo largo de todo el año escolar, nos resultaba terriblemente engorrosa y, como es natural, disminuía nuestra posibilidad de obtener las mejores notas en la escuela castellana.
A ello debe agregarse la rígida disciplina que se observaba en la escuela alemana, al extremo de que los castigos corporales eran nuestra ración diaria. La frecuencia con que recibíamos sobre nuestra tem­blorosa y lloriqueante humanidad 1a cimbreante azo­taina, propinada con nudosas y elásticas varas de caña de india en lugar de estimularnos al estu­dio, nos producía una aversión hacia la diaria asis­tencia a las clases, que tenía sus motivos, muy fun­dados por cierto, en el pánico que nos causaba la perspectiva de la habitual paliza.
De nada hubiera valido si hubiésemos intentado que­jarnos a nuestros padres por el trato poco amistoso que se nos prodigaba. Es más, nuestros bien in­tencionados padres estimulaban al maestro a hacer uso de la vara, en caso de que no supiéramos la lección o nuestro comportamiento dejara mucho que desear.
Realmente había días en que aquel recinto de exi­guas dimensiones, se convertía en un mudo receptáculo de nuestros ayes y lamentos.
Era frecuente también, para aminorar la pena, que se nos hiciera arrodillar sobre pedregullo o sobre granos de maíz. O bien se nos hacía arrodillar con los brazos en alto, sosteniendo entre las manos la pesada tranca de la puerta, por lo que no se sopor­taba mucho tiempo, y al dejar caer los brazos, por abandono forzoso, entraba a accionar la vara.
Lo más común era que, cuando no se sabía bien la lección que había que recitar de memoria, generalmente la del catecismo, cada error que se cometía se retribuía con una cantidad equivalente de varazos."
Tal era la severidad de los sacerdotes del Verbo Divino o de las hermanas del Espíritu Santo, que aplicaban el viejo axioma “la letra con sangre entra”.
Por otro lado, pe­se a la supervivencia de la escuela alemana, los nacidos después de 1910-20 concurrían igualmente y de manera regular a la escue­la oficial.
En algunos casos, incluso, pese a tener una posición consi­derada desahogada, el formar parte de una familia muy numerosa relegaba a las hijas mujeres, en especial a las mayores, a las tareas domésticas.
En cuanto al contenido pedagógico de esa educación, no hay que olvidar que, en sus rasgos básicos, respondía a la modalidad imperante en muchos colegios religiosos de la época, sólo que en este caso se sumaba a ello el énfasis disciplinario germánico.
Por ese motivo no debe extrañar –dice la historiadora Olga Weyne- que, al lado de descripciones como la anterior que suenan tan duras en los oídos contem­poráneos, el comentarista agregue sin considerarlo contradictorio que la suya, como la de los restantes niños en las colonias ale­manas, fue una infancia feliz.
El escritor Víctor Dorsch nos dice que: "Desde luego que aquella situación en la que nos veíamos colocados en aquel período de nuestra vida, que era la niñez, distaba mucho de asumir para nosotros visos de tragedia. De ninguna manera significaba eso que estuviésemos viviendo una situación dramática y que aquellos maestros alemanes nos hayan parecido unos tiranos desalma­dos. Para nosotros esa férrea disciplina con todos sus abusos era, cuando no precisamente lo normal, por lo menos casi lo normal."
De cualquier manera, probablemente muchos de estos niños advirtieron notorios matices diferenciadores entre su tradicio­nal educación y la que provenía de la escuela oficial.
Muchas veces se pro­ducía en el seno de esta última una especia de "segregación" para con los rusitos, que llegaban a ella sin saber hablar una palabra de castellano lo que, unido a su particular timidez, solía aislarlos al principio del resto de los alumnos.
Claro que si se le da al término segregar su real signifi­cado -muy duro, como pueden atestiguarlo muchas minorías en distintos países del mundo- es casi seguro que en la Argentina nunca se trató de esto.
Pero parece que así era percibido por los interesados, ac­tores de esta historia, que venían desarrollando una palpable hipersensibilidad a las alusiones del medio.
Cabe pese a todo, incluir la siguiente conjetura: de no ha­ber mediado la diferencia lingüística tan notable, quizá el con­traste con la situación de otros hijos de extranjeros en lo que hace a la relación con el criollo, no hubiera sido tan notorio.
Ante la valla de la incomunicación, es posible que surgiera esa reacción -que por otro lado muchas veces aflora entre los germánicos- de aguda mortificación ante lo que consideran su orgullo herido.
Pero como contrapartida, los sentimientos y modalidades que criollos y latinos cultivaban, como por ejemplo la mayor fle­xibilidad en el trato o la espontaneidad para el acercamiento afectivo, irían a introducirse de a poco en esas mentes infanti­les, produciendo lentamente su apego a lo local y su posterior e inevitable integración.
Vuelve a contarnos Víctor Dorsch, en su fresca evocación del pasado: "Surge en mi memoria la imagen maternal de la señora Beatriz, como la llamábamos todos los que fuimos sus alumnos en aquellos años de su permanencia, que por cierto no fue­ron pocos. A nosotros se nos conocía por el mote despectivo de rusos pero aquella buena maestra no hacía ningún distingo entre los así llamados y los que, por su ascendencia espa­ñola, italiana o nativa, no pertenecían a esa casta un tanto despreciable (sic). Durante los años en que la contábamos entre nues­tros vecinos, solía venir de visita a casa, lo que para nosotros no dejaba de ser una distinción que nos halagaba. Me parece estarla viendo, sen­tada al lado de la cama haciendo algún trabajo de tejido, conversando con nuestra madre (enferma) e infundiéndole, seguramente, ese poco de consuelo que le estaba haciendo falta."

3 comentarios:

  1. EXCELENTE !!!,,
    Me siento totalmente identificado con el artìculo.. Cuando vine desde mi Villa Ballester natal a la ciudad de La Plata, ingresè a la Escuela San Benjamìn, siendo Evangèlico Congregacional tuve que ir a una escuela catòlica,primera y terrible diferencia cultural, luego,, NO HABLABA UNA JOTA DE CASTELLANO,, no entendìa absolutamante naada,, debìa escribir tal cual veìa en el pizarròn, con la amable pasiecia de la Sta. Marta, mi maestra de 1er grado, y luego iba a casa y mamà me traducìa, hasta que al final de varias peleas, inchadas de ojos y rasgones de guardapolvo gris grafa superpesado, horas de penitencia en direcciòn, y tirones de orejas del cura,, tuve que aprender a hablar español, me costò muchìsimo,, màs que nada, por mi negaciòn a dejar lo que habìa aprendido, palpado y vivido, en mi Villa Ballester natal.
    Excelente nota,, FELICITACIONES..

    David Romanìn Blehm

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, David, por tus felicitaciones! También te agradezco por el aporte de tu comentario, porque enriquece la nota.
    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  3. Leo esta nota y pienso en mi padre... tal vez el haya vivido esta situación, por eso nos dijo un día, que no nos habia enseñado el alemán porque el había sufrido mucho, y pensó que a nosotros nos pasaría lo mismo.Comparto la nota Julio!!! Saludos

    ResponderEliminar