
Originalmente el afilador hacía su recorrido a pié, con su "herramienta" a cuesta, armada en madera, con una gran rueda que en la parte superior llevaba un disco de piedra esmeril que se accionaba manualmente. Una pequeña alcuza mojaba la piedra facilitando el afile de cuchillas y tijeras. Los cocineros, los peluqueros y los sastres fueron los clientes más consecuentes. Con el sonido cordial de su flautín, armado con siete canutillos metálicos o de madera de diferente tamaño que reproducían la escala musical, anunciaba su presencia. Los afiladores actuales –hablando, más precisamente, de mediados del siglo XX- van en bicicleta que con pequeñas adaptaciones responde muy bien a su actividad. Sobre el caño, es decir el tramo que va desde el manubrio al asiento, lleva la piedra de afilar que se acciona a través de una rueda dentada unida al eje de la piedra que se conecta con la cadena de la bicicleta. Con la rueda motriz ligeramente levantada del suelo mediante un pequeño sostenedor, sólo falta pedalear para comenzar a afilar. El brillo de las chispas, agrega un carácter festivo al trabajo.
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