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miércoles, 22 de junio de 2011

Historia de amor real: La muchacha del pañuelo

Junto a la ventana, mirando de vez en cuando hacia la calle desierta a la hora del crepúsculo, una muchacha borda dos iniciales sobre un pañuelo. Está inmersa en su labor sin prestarle atención al rumor de ruidos que genera su madre tras de sí, frente a la cocina a leña. Nada podría perturbar el estado de embeleso en que se halla. Vive en un universo de ensueño.
Y mientras borda espera.
Presa de un súbito apuro, corta el hilo con que el que bordó las dos iniciales y guarda aguja y carretel dentro del neceser. Satisfecha con su tarea, sonríe plácidamente. Intuye, sin mirar el reloj de pared, que la hora en que llegará la anhelada visita se acerca.
Sin embargo, los minutos transcurren, se transforman en una hora, luego en hora y media. El día termina de desfallecer con el sol que agoniza en el horizonte. Los tonos claroscuros del atardecer destacan todavía más el desencanto que comienza a dibujarse en el rostro.
La madre se percata del sufrimiento que padece su hija, se acerca y le aconseja que ya es conveniente que se retire de la ventana, que es tarde, que no vendrá. Él no vendrá. Tal vez tuvo un contratiempo, tal vez... Pero él dio su palabra, argumenta la joven. La madre no dice nada. Cómo decirle nada a una joven enamorada que esperó en vano el arribo de su amado.
Cabizbaja y desolada, se recluye en su cuarto. Hoy iba a ser la primera cita formal. Hoy iba a presentarlo a sus padres... Aunque todos intuían que estaban enamorados, aún no habían oficializado el romance.
En el cuarto la joven llora en silencio mojando con sus lágrimas el pañuelo que con tanta ternura e ilusión había bordado para él. Algo en su interior le dice que no vendrá nunca.
Los días pasan sin tener novedades. A las tres semanas, le llegan noticias que la hunden definitivamente en la depresión: el joven con el que soñaba, anuncia su compromiso y su próxima boda con otra mujer.
Todo pierde sentido. El mundo cotidiano se toma trivial y vacío. Con los días, se vuelve más y más sobre sí misma.
Decepcionada de la vida, toma la decisión más trascendente de su existencia y la que modificará para siempre su destino: ingresará a la Congregación de las Hermanas Siervas Misioneras del Espíritu Santo, va a ser monja. Dedicará su vida a Dios como docente. Con el tiempo será una buena religiosa y una excelente maestra pero nunca conseguirá desterrar completamente el recuerdo de aquella espera ni la imagen del hombre que amó.
Tampoco nadie en la colonia olvidará la triste historia de la muchacha que esperó en vano el arribo del joven que amando a otra la sedujo para demostrarle a sus amigos que tenía cancha con las mujeres y que ninguna podía resistírsele. Cincuenta anos después, los ancianos todavía murmuran su nombre cuando relatan anécdotas de amores imposibles.

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