T

T

lunes, 21 de enero de 2013

¡Dios y la Patria nunca demandarán!

¡Dios y la Patria nunca demandarán! ¿Era así? ¿Es así?  

Las calles de tierra. Secas y polvorientas. Duras como piedra. El transitar de los carros y los caballos retumban en los vidrios de las ventanas de las viviendas. El aire es pesado, gris y espeso como el polvo que flota amortajando el ambiente del verano. Hace meses que no llueve. Ni una gota. Ni un mísero y fugaz chaparrón. Las aves han huido. Los sapos sabe Dios dónde están y los animales domésticos languidecen al igual que los hombres bajo los árboles sin hojas, muertos de sed y desolación.
Los arados mancera están diseminados por el campo, casi como al descuido, extraviados en la senda de una amelga que ya no logran surcar. Los caballos de tiro vagan por los potreros y las calles vecinales buscando la añorada hierba que ya no existe y el agua que desapareció de la faz de la tierra. Están flacos, consumidos, con los ojos saltones y tristes mirando al ser humano, implorando se acuerde de ellos o pidiendo una explicación que nadie puede dar. Y el ganado, las pobres vacas y ovejas, desfallecen por el hambre: agonizan y mueren desamparados, ante la vista impotente del colono que en silencio llora como se le escurre de las manos el poco capital que consiguió reunir a fuerza de sacrificio, sudor y lágrimas, desde su llegada del lejano Volga, y como se le escapa la posibilidad de juntar algo de dinero para mandar traer a su familia que aguarda allá lejos, en Rusia.
Son años duros. Difíciles. La pampa húmeda se burla de los inmigrantes. La humedad desapareció como arte de magia. La lluvia se esconde detrás de las sierras que parecen detener las nubes o sólo dejan pasar algún que otro nubarrón solitario para que los habitantes de las colonias recién fundadas no se olviden  que la esperanza todavía existe. Que Dios no se olvidó de ellos. Que Dios escucha sus oraciones. Que sólo es cuestión de tiempo: de días, tal vez de semanas.
La cosecha fracasa. Ni vale la pena trillar. Los gastos superan las ganancias. La espiga da un mísero grano, delgado e insulso, que no sirve para nada, ni siquiera para alimentar a los animales. Los rastrojos desaparecen bajo el viento y los remolinos de tierra, de tan resecos y ralos que están. O crujen consumidos por las llamas de los incendios que se repiten cotidianamente. Hace demasiado calor. Tanto que combustión de la paja de trigo se produce con muy poco, sólo necesita una ínfima chispa para arder en el fuego más devastador.
La Argentina prometía vastas riquezas pero les cobra un duro tributo a los colonos que osaron domar sus tierras indómitas. Se resiste hostil a la mano volguense y al inmigrante europeo que, a pesar y contra todos los elementos naturales y humanos, con los años la transformará en “el granero del mundo”. Un sueño que la patria agradecerá ver cumplido pero que los militares y políticos de la década infame despilfarrarán en delirios de grandeza conservadora que terminará ‘regalando’ todos y cada uno de los capitales nacionales y los anhelos de los nietos de los colonos que hoy, a fines del siglo diecinueve, en plena sequía y fracaso de cosechas hacen surgir colonias y pueblos en cada rincón del suelo sagrado del General San Martín.
Los mismos colonos que hoy ruegan a Dios por la lluvia. Una lluvia que vendrá. Una lluvia que los salvará. Como siempre. Sólo que ese día, de ese año, aprenderán de labios de los políticos que “Dios es argentino” y que nunca hay que preocuparse de nada porque “Dios y la Patria nunca demandarán”, porque el capital del país da para todo y para todos y que por eso, hagamos lo que hagamos, siempre habrá un mañana y siempre habrá también una torta para repartir. Claro que nadie les aclara a los colonos que la torta se reparte primero entre los políticos y finalmente, lo poco que queda, que son migajas, entre los más humildes de los pobres. Mientras que los que trabajan ven escaparse entre los dedos, las ganancias obtenidas con sudor y llanto.

“Ningún pueblo es rico si no se preocupa por la suerte de sus pobres”

2 comentarios:

  1. Martha Schiel Cereset21 de enero de 2013, 19:36

    "Allí donde encuentres la tierra roturada, la semilla germinada y el fruto que sirve de sustento, allí, ha trabajado un infatigable campesino"
    Desconozco el autor, pero el relato me recordò esta frase.
    Si...una historia siempre recordada por quienes la padecieron, contada una y otra vez, que sin duda laceraron el alma de sus protagonistas.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por tu aporte, Martha!!! Muy acertada tu reflexión!!!

    ResponderEliminar