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domingo, 20 de enero de 2013

Tragedia en los pueblos alemanes


La gorra vasca metida hasta las orejas. La cara sin afeitar.  El rostro embadurnado de grasa de algún asado comido sin modales. Los ojos rojos de alcohol. El labio inferior inflamado. El cuerpo temblando como un títere con los hilos flojos. Las ropas sucias de lodo de algún charco en el que seguramente había dormido durante la madrugada. Una piltrafa humana. Un borracho de los tantos del pueblo. Un personaje triste, melancólico y digno de lástima.
Venía en zig-zag por la avenida principal de la colonia, discutiendo acaloradamente consigo mismo, maldiciendo, argumentando, furioso. ¿Con quién? Quizás con la vida misma, con el destino, con alguna mujer, con algún hecho circunstancial que lo sacó de quicio o, tal vez, consigo mismo... ¡Vaya uno a saber! ¡O con todo y con todos los seres humanos que habitaban la colonia y el mundo en esa época!
De pronto se paró en seco. Súbita y dramáticamente. Caviló. Pensó. Reflexionó. Se rascó la cabeza. Dudó. Hasta que, por fin, volvió a caminar, ahora con más lentitud y parsimonia, pero menos serenidad aún que antes. Temblaba. Llevó la mano derecha detrás de la espalda, de donde regresó con un puñal. El cuchillo brilló espectral reflejando el sol del amanecer.  Ese acto perentorio lo convirtió en un personaje grotesco. Un hombre, casi una caricatura, desaliñado, sucio, borracho, con un puñal en la mano, que temblaba tanto o más que su cuerpo.
Continuó caminando. Llegó a una casa. Sonrió maliciosamente. En los labios, con el inferior cada vez más inflamado, se leía el placer de la venganza. Se acercó a la vereda, chapoteando en el fango de los charcos que la lluvia había dejado. Se hundió en ellos hasta los tobillos. Se resbaló. Pareció caer; pero recuperó la estabilidad. La mantuvo hasta que intentó subir la vereda: ahí resbaló y cayó despatarrado, casi cómicamente. Lanzó un quejido desgarrador. Después comenzó a surgir una pequeña laguna de sangre que pareció manar desde algún lugar de su pecho.
Lo encontraron seis horas después, muerto. El dictamen del forense fue muerte por accidente. Pero eso no logró responder las preguntas que se hacían los habitantes de la colonia. ¿Por qué murió en ese lugar y de esa manera el pobre de Pedro? Nadie atinó a encontrar la respuesta correcta porque nadie la sabía. Y si alguien la supo, jamás la reveló en estos setenta años que han transcurrido de aquel incidente.

2 comentarios:

  1. Martha Schiel Cereseto21 de enero de 2013, 12:08

    Te atrapa desde el principio. Muy conmovedor. Se puede "ver" el relato y al protagonista.

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  2. Muchas gracias por tu comentario, Martha, y por leer!!!

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