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viernes, 12 de abril de 2013

Historia del sacristán que le tuvo miedo al qué dirán



“Todo proyecto de vida de dos personas que se aman transcurre en un tiempo y lugar determinados. Un tiempo y lugar en los que coinciden los protagonistas para desarrollar su historia; a veces, fragmentada y otras, completa, fusionada a lo largo de toda la existencia terrenal. Pero sin un tiempo y un lugar no hay historia. Como tampoco la hay si los protagonistas no se apropian de la oportunidad que les está predestinada. Oportunidad que siempre es una sola: esa circunstancia frágil en la que ambas existencias se encuentran y deben decidir si unen o no sus destinos”,  reflexionaaba el sacristán camino de la iglesia.
Vestido de pulcro traje negro, lucía semblante severo y una mirada fija en el vacío, en la abstracción más absoluta y reconcentrada.
Abrió la puerta de dos hojas de la iglesia de par en par. Era domingo, hora de llamar a misa. Agitó con fuerza el badajo de la campana que, desde la torre, emitió el primer llamado a los feligreses.
Ingresó a la sacristía.
“El tiempo y el lugar”, continuó rumiando. “El que vivo en estos momentos...”. Dudó. Detuvo su andar, perplejo. “¿Mi lugar  -prosiguió pensando en alta voz- es este? Mi lugar en la sociedad y en la vida... ¿es este? –Se interrogó observando en detalle el interior de la sacristía-. ¿La sociedad y la vida son la misma cosa? ¿Importa lo que los demás piensan de mi? –se preguntó recordando frases tales como “¿qué es lo que va a decir la gente de vos si hacés eso?,” que blandían como un cuchillo afilado su madre, padre y hasta el mismo sacerdote para hacerlo cambiar de actitud cuando sus decisiones personales no coincidían con la “ética” social y cristiana que todos en el pueblo profesaban.
El hilo conductor que lo guiaba en el filosofar comenzaba a enmarañarse. Las palabras se trastocaban en imágenes. Comprendió que el inconsciente liberaba todo su potencial destructivo, todo lo que la razón tenía reprimido en esa cloaca mental. El rostro de una mujer prohibida, una silueta esbelta, un busto... y voces de personajes “aristocráticos” de la comunidad recordándole lo que murmuraban a espaldas de la mujer.
“Mi tiempo es también este. Por supuesto. El hoy en el que vivo, en el que existo, en el que soy. En el ahora en que amo”, concluyó no sin angustia. “Amo”, repitió en un murmullo tembloroso. Tenía miedo. Miedo a... ¿qué? ¿Al castigo por amar a una mujer condenada por la sociedad y la iglesia? ¿Miedo al castigo divino? ¿Miedo al castigo social? “¿Y cuáles eran estos castigos?”, se preguntó sabiendo que iba demasiado lejos en el análisis. El castigo divino lo desconocía.  El social era harto elocuente: la discriminación, la segregación, el dejar de pertenecer a un núcleo privilegiado de personas que ostentaban el orgullo de ser la crema y nata de la localidad. “¡Pero yo la amo!”, gimió mirando el rostro de Jesús crucificado que colgaba de una cruz de oro en la pared. “¡La amo!”, clamó otra vez mirando los ojos sufrientes del cristo muerto y sepultado por los pecados del mundo.
La amaba pero tenía miedo. Pánico. Terror. ¿A quién? ¿A Dios? ¿A la sociedad? ¿A lo que pudieran llegar a decir las personas honorables de la localidad si se casaba con una madre soltera y, según opinión de las “señoras decentes” del pueblo, frecuentada por varios hombres? ¿A quién? No tenía la respuesta. No deseaba encontrarla. “¿Para qué arriesgarlo todo?”, preguntó un amigo horas después cuando le contó sobre las cavilaciones que lo atormentaban. “Esperá y dejá transcurrir el tiempo”, le aconsejó. Profetizando que “el tiempo cura las heridas y traerá otro amor”.
Se dejó convencer. Los meses pasaron. La mujer se marchó del pueblo. El sacristán esperó que el tiempo curara la herida y trajera otro amor. La herida no sólo no cicatrizó sino que tampoco llegó otro amor para reemplazar al que se había ido.
Falleció soltero, a los 82 años. Murió solo, en un hogar de ancianos. La iglesia a la que sirvió durante casi cuarenta años y la sociedad a la que tanto temió, modificaron los preceptos y las reglas. Lo que antes fue pecado ahora no lo era.  Pero era tarde para reproches. Además... ¿A quién iba a reprocharle nada? Porque ninguna persona estuvo a su lado cuando murió como tampoco ningún ser humano estuvo a su lado cuando lo sepultaron. Ni el amigo que lo aconsejó, ni ningún representante de la iglesia y de la sociedad que manipularon su vida, condenando su destino a la soledad y el olvido.

4 comentarios:

  1. "Elegir es renunciar" cita una frase. Y así es. Muchas personas por distintos miedos no elijen jugarse por un sentimiento. Y la elección es propia. Y la vida no espera. Y el tiempo pasa inexorablemete. A veces se deja ir lo bueno soñando algo mejor que jamás va a llegar. Lo importante es saber qué se quiere en la vida y actuar en consecuencia. Y hacerse cargo del resultado sin buscar culpables.

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  3. "Lo importante es saber qué se quiere en la vida y actuar en consecuencia. Y hacerse cargo del resultado sin buscar culpables" -muy acertada tu reflexión, Mariposa. Coincido plenamente contigo.

    Julio César Melchior
    Hilando Recuerdos

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  4. Este sacerdote como muchos otros sufrio su soledad, porque en el año 400 una persona se le antojo dictaminar que los sacerdotes debian ser célibes.
    Yo preguntaría a muchos ¿no les parece que es anti-natura?
    En que lugar de la Biblia dice que no deben casarse ?

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