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miércoles, 8 de enero de 2014

“El día más feliz de mi vida fue cuando tuve mi propia casa”

Amalia Sauer tiene noventa años. Doce hijos. Treinta y cuatro niestos, dieciséis bisnietos y cinco tataranietos. Dice –con humor- que descendencia es todo lo que le pudo dejar a la vida porque no le quedo tiempo para hacer otra cosa que criar hijos y dedicarse al hogar.

Hija de los inmigrantes alemanes Juan Sauer y María Denk, llegados al país desde la lejana aldea Kamenka, ubicada a orillas del río Volga, y hermana de un niño nacido en el mar, durante el trayecto que recurrieron sus padres a América, Amalia es la novena de quince hermanos diseminados a lo largo y ancho del país.
Nacida en Pueblo Santa María, en la provincia de Buenos Aires, criada en Colonia Barón, provincia de La Pampa, radicada en Pueblo San José, provincia de Buenos Aires, Amalia se casó y mudó a la Capital Federal con Juan Pedro Prediger a los diecinueve años.
Sus padres llevaron una vida nómada buscando la tierra prometida. Fueron de aquí para allá soñando hacer fortuna en el campo. Se lo impidieron las heladas, las langostas, la usura de los bancos, la mala fe de algunas personas que los estafaron y mil contratiempos más.
Al final de sus vidas solamente tuvieron dinero suficiente para comprar sus tumbas y dignidad para legar un buen nombre a sus hijos. Nada más. “De tantas aventuras, trabajo duro y sacrificio no quedan más que recuerdos” –sentencia Amalia.
Una vez que Amalia se hubo mudado a la Capital Federal con su marido, hizo de todo: mucama, cocinera, planchadora, lavandera, obrera textil. ¡De todo! Eran tiempos difíciles.
Vivió en una pensión, en una casa alquilada, en un garaje prestado, en un depósito de chatarra, en la calle durante unos meses cuando ella y su marido se quedaron sin trabajo. Conoció la miseria en toda su profundidad.
“Pero jamás me rendí ni me di por vencida. Sabía que Dios me iba a ayudar a salir adelante. Mi marido y yo trabajamos día y noche para poder comprarnos un terreno y después, despacito, construir nuestra casita. La levantamos entre los dos –cuenta Amalia con orgullo-. Mi marido hacía de albañil y yo le alcanzaba los ladrillos y la mezcla. Los días de semana cumplíamos con nuestros trabajos y los fines de semana trabajábamos en la casita”.
Pasaron los años. El sueño de la casa propia se hizo realidad. Y comenzaron a llegar los hijos.
“Cuando empezaron a nacer mis hijos no volvimos más a las colonias. Era un viaje en tren muy largo y muy caro para una familia numerosa. Y tampoco podíamos faltar  al trabajo. Antes las cosas no eran como hoy en día. Al que pedía vacaciones lo echaban a la calle. A los ricos no les importaba nada.
“No pude ir al entierro de mi madre ni al de mi padre. En los dos casos me enteré unos días después de que habían fallecido. La comunicación no era sencilla y como nosotros andábamos de un lado para el otro tampoco sabían dónde ubicarnos en caso de urgencia.
“Me acuerdo que me impactaron tanto las dos noticias y me sentí tan agobiada por el trabajo, la vida solitaria que llevábamos en la Capital Federal, que en vez de llorar, sentí lástima por mí misma. Me sentí tan sola, abandonada para siempre en esta vida que nos estaba tratando tan mal, que no supe qué hacer más que encerrarme en mi dolor y sufrir en silencio.
“Quedé aturdida durante semanas. Trabaja y comía sin pensar. Quería reunir plata para dejar de ser pobre y descansar. No quería terminar como mis padres: solos, en un geriátrico, lejos de sus hijos.
“Trabajé. Trabajé. Trabajé. Hasta que tuve mi casa. Nos costó mucho pero lo logramos. Fue hermoso el día que nos mudamos. Todavía no estaba listo el piso; pero no importaba. ¡Teníamos nuestra propia casa! ¡Nuestra propia casa! –repite llorando Amalia Sauer.

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