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miércoles, 14 de mayo de 2014

¡Loados sean nuestros ancestros!

Llovía. Las calles de la colonia eran un fangal. Los carros se desplazaban arrastrados por los caballos como si fueran de plomo, el barro los detenía a cada paso. Los hombres,  sentados en el pescante, con las riendas sujetas en las manos congeladas, titiritaban de frío. Era invierno. Anochecía. Los colonos regresaban a sus hogares. No era tarea sencilla labrar la tierra virgen y fundar un pueblo. Era necesario saber de todo. Y todo escaseaba. Era una vida dura y difícil; pero no por ello dejaba de ser una vida feliz.
Los colonos trabajaban cantando… Se enfrentaban a los problemas rezando… Siempre lograban salir adelante. Pese a todo y contra todo. Nunca bajaban los brazos ni se daban por derrotados. Sembraban y el trigo nacía. Edificaban y las viviendas se levantaban por doquiera. Se formaban nuevas parejas; nacías nuevos hijos; el pueblo crecía; y el campo florecía dando frutos. Nada les resultaba imposible. Absolutamente nada.
Hoy, sus descendientes, sabemos que tuvieron razón en no claudicar, en no darse por vencidos. Las  colonias y aldeas,  así lo demuestran. Las  localidades fundadas por ellos son uno de sus legados más grande y hermoso. ¡Loados sean nuestros ancestros!

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