Vi las viviendas
en dónde otrora vivían los Schroh, los Schwerdt, los Schwab, los Denk… Recordé
con melancolía las casas que ya no están. Lloré los seres queridos y amigos que
murieron y los que me ven pasar y no me recuerdan.
Los años no
transcurrieron en vano –dice Conrado Suppes, amigo de mi infancia. La colonia
ya no es la misma como no es la misma la gente que vive en ella. Tampoco las
costumbres y las tradiciones son las mismas. Ya no están el horno de barro ni
la cocina a leña; no existen el patio grande ni la huerta; ni los carros
tirados por caballos; ni el lechero, ni el panadero, ni el carnicero
recorriendo las calles con sus pregones. ¡Tampoco están las hermanas
religiosas! Los cuartos de las monjas están vacíos: nadie murmura plegarias ni
hace penitencias. La casa parroquial huele a soledad y olvido. La congregación
dejó a Jesucristo clavado en la pared, esperando una espera inútil: las
vocaciones religiosas no alcanzan para estar presente en tanto pueblo alemán
del Volga fundado en la vasta tierra
Argentina.
Es asi la vida que cambia con el tiempo.
ResponderEliminarMuchas gracias por visitar mi blog, leer y comentar!!! Abrazo grande, Rita!!!
ResponderEliminarGracias Julio Cesar por el hermoso relato. Yo hace 40 años que deje mi pueblo natal, pampa Gringa Piamontesa en la llanura cordobesa. Cuando recorro sus calles y veo a los amigos que aún quedan más los que ya ni me conocen (nacieron cuando yo ya no vivía allá...) siento lo mismo que vos. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias, Italo, por tus entrañables palabras y por compartir tus sensaciones y sentimientos!!!
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