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jueves, 3 de julio de 2014

El día que murió mamá

Nos dejó solos. Nos dejó una casa llena de silencios y un enorme vacío en nuestras vidas. Se marchó en otoño, en un atardecer gris y frío.  Sin quejarse ni lamentarse. Cómo lo hizo todo en su existencia: acatando la voluntad de Dios. Cerró sus ojos y se durmió pacíficamente. Junto a ella, sus hijos, mirábamos sin comprender. “Mamá no podía morir. Mamá era eterna”. Pero mamá murió. La luz de su mirada se apagó lenta e inexorablemente. El cuerpo fue quedando tieso, las manos sin caricias, sin ternura y sin afecto.
La habitación se llenó de llanto. Las mujeres emitieron gritos desgarradores. Se abalanzaron sobre el cuerpo sin vida, lo agitaron: “Mamá, mamá, no nos dejes”. Pero mamá ya no estaba; mamá ya no podía escucharnos. Mamá se había ido. Nos dejó solos. Absoluta y desoladamente solos. Sin su voz, sin su presencia colmando nuestras existencias de amor. Sin el consuelo de saberla esperándonos aun cuando  viviéramos lejos, muy lejos... Ella siempre parecía esperarnos. Siempre podíamos volver y encontrarla en la casa de nuestra niñez y abrazarnos a sus brazos y encontrar el consuelo que sólo ella era capaz de brindarnos.
Alguien llamó a la casa funeraria. Llegaron varios hombres con un féretro. Lo introdujeron en la habitación, junto a la cama donde yacía el cuerpo de mamá. Frente a la puerta cerrada, escuchamos el crujir de la madera, los ecos de la tapa que uno de los hombres seguramente apoyaba contra la pared... y nos pareció imposible imaginar que estuvieran colocando a mamá dentro de un ataúd.
Volvimos del cementerio y mamá ya no estaba en casa. La casa, su casa, nuestra casa, estaba de duelo. Todo parecía llorarla y extrañarla. Hablábamos entre sollozos, murmurando. Alguien se animó a recordarla, luego otro y otro... y la casa se llenó de vivencias, de anécdotas; de imágenes; de sentimientos dolorosos; de sensaciones que asfixiaban el alma. Era terrible evocar a mamá y comprender que ya no volveríamos a verla jamás.
Alguien se repuso y se animó a decir que mamá ahora sólo era una tumba y nada más. Otro, más práctico, reflexionó que “la vida continúa”. Opinó que había que seguir adelante. Comenzó a hurgar en los secretos de mamá, en “su” cuarto, “su” ropero, “su” ropa, “su” vida íntima... esa que apenas hacía unas horas le pertenecía solamente a ella.
Los demás hermanos no dijeron nada. La casa se convirtió en un caos. Se repartieron los restos de mamá. Lo poco que dejó. Vaciaron la vivienda. Lo que tenía precio lo vendieron; lo que tenía valor, lo llevaron consigo; y lo que no, lo arrojaron al olvido.
A los pocos días ya no había duelo. Todos partieron a sus lugares donde residían, junto a sus propias familias, en Coronel Pringles, Bahía Blanca... Y me dejaron solo, en la colonia, cargando recuerdos, angustia, soledad y llanto. Y me dejaron solo, con mamá, que todos los domingos espera mi visita en el cementerio para que le lleve un poco de agua bendita y le cuente de sus hijos que están lejos y no vienen nunca a visitarla.

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