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viernes, 18 de julio de 2014

El tesoro que guarda el recuerdo

Por María Rosa Silva
 

Días de sol, de alegría sin igual, de inocencia llena de sueños. Noches y días hechos para disfrutar con los cinco sentidos y la felicidad a flor de piel. Una aventura por vivir. Vacaciones en familia: la emoción y los nervios de viajar en tren. Bolsos, valijas pesadas cargadas de ganas vivir. Vasos y botellas de vidrio, sandwiches gigantes para un hambre aún mayor. Muñecas, marcadores y libro para pintar.  Así partíamos mis padres y yo desde Constitución (Buenos Aires)  rumbo a la colonia. Despertar y ver campo verde. Muy verde. Y un cielo tan azul y tan inmenso que mis ojos no podían abarcar. Mágicamente nos transportábamos en el tiempo. Calles de tierra, una casa de adobe y lámpara a kerosén. Un abuelo que hablaba en alemán y ya era muy viejito, con otra vestimenta que la de la ciudad, otras costumbres, y nada de juegos. Bomba de agua muy fresca, un baño tan lejos que era una travesía cruzar todo el patio para ir. Y cuando iba me daba miedo. De noche, ni hablar. El pastito era mejor. Jugar bajo el inmenso árbol con mi papá mientras probaba por primera vez la sandía y la escupía. Subirme a la camioneta de mi tío, una Chevrolet enorme que soñaba manejar. Tender ropa en un cordel sujeto por un palo que jamás pude subir porque era muy pesado. Un jardín con flores y mariposas que asombraban por su belleza. Una enredadera repleta de campanitas. Sapos feos que me hacían gritar de susto. Primos y primas grande que me mimaban sin parar. Noches de música de grillos y luces de luciérnagas. Todo era perfecto. Nada desentonaba ni rompía ese mundo de ensueño. ¿Será por eso que las vacaciones fueron tan pocas? No eran cada año como ahora. No había vacaciones de invierno y de verano. Fueron cuatro o cinco en toda la infancia y la adolescencia. ¡Pero fueron perfectas! Hasta hubo un muchachito, el vecinito, que era especial, y a quien esperaba ver para sonrojarme y esconderme. No faltó nada en esas historias de verano. Es el tesoro que guarda mi memoria. Hubo una vida paradisíaca, la vida que viví en familia en nuestras vacaciones.

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