T

T

jueves, 30 de abril de 2015

La mujer de la silla

Prof. Horacio Agustín Walter

El parque se encontraba silencioso y gris en esa tarde de árboles deshojados.  La suave brisa se percibía en el vaivén de las hojas secas meciéndose en el suelo. Algunos débiles rayos del sol penetraban la foresta iluminando en forma de nube la propia humedad de la alameda. La frágil silueta de una mujer sentada parecía constituir la única presencia viviente. Su camisa de color carmín con grandes flores rosadas mostraba su espalda apoyada en el transparente respaldar de aquella abandonada silla vienesa. Muchos metros más atrás un joven la observaba en silencio. Escondido detrás de unos finos álamos plateados cumplía un rito diario de mirarla con tanta atención como recato. Desde que la descubrió no dejó de repetir su invisible visita. Esa vieja silla de patas de madera redondeada que se unían en la parte posterior para formar el arco del respaldo, constituía el único y mágico foco de su atención. El otoño se caracterizó por sus días iguales de pesada humedad y de imperceptible llovizna, aunque nunca una tarde luminosa. Y en la igualdad de esos días coincidía la presencia de la mujer de la silla y del joven invisible de la alameda. Pasaba por las tardes con el único objeto de reparar en la presencia de la mujer. En cada día, recuperaba un detalle de su delicada figura. Una vez advirtió el color azul de su pollera larga hasta el suelo que descubría, al azar, sus medias de marfil calzadas en zapatos negros. Otra, el largo cabello oscuro sobre sus hombros. Y así, el blanco pañuelo de seda anudado en el cuello por delante. Siempre, sus manos sobre el regazo manteniendo un objeto que no alcanzaba a ver, como tampoco su rostro. Esa imagen delgada y fina le fascinaba hasta el punto de quitarle el sueño. Descubrir sus manos y su cara formaba parte de una atracción irresistible. Nunca alcanzó a comprender el porqué de la presencia de la mujer de la silla, a la que contemplaba durante las tardes casi siempre en la misma posición. La estampa que observaba le llenaba su mente y lo obligaba a volver hasta que, por fin, quiso conocer sus manos y su rostro, visión que se tornaba en una dolorosa obsesión. Es por ello que una tarde decidió cambiar su ruta en el parque y pasar por delante de ella para observarla de frente. Probablemente, podría saludarla. Tal vez, conversar con ella. Sólo que al llegar al lugar de sus sueños, encontró solamente la silla. Vacía. Sus patas de caña fina y su asiento de esterilla deslucida por el tiempo, marcaba la gris ausencia de esa tarde otoñal. Era una tarde diferente. La soledad total. Una suave e intermitente llovizna se mezclaba con la humedad de sus ojos. La mujer de la silla ya no estaba. Regresó en los últimos días del otoño. Cruzó por el parque en las mañanas frías del invierno y en las luminosas tardes de la primavera. Repitió su búsqueda entre los álamos, en los calurosos atardeceres del verano. No volvió a aparecer. No obstante, la vieja silla vienesa, de madera de guindo, con sus patas desnudas y la esterilla descascarada, seguía allí. Vacía. Con un espacio ausente que lo enloquecía. A través de aquel respaldar transparente observaba el mismo gris del otoño, las hojas secas viboreando por el suelo y la fresca brisa que aún hacía flotar a las últimas hojas de los álamos plateados. No regresó nunca más. Luego se supo que era escritor y que imaginó la imagen de la mujer de la silla al punto del encantamiento que culminó con la edición de su libro. Eso era lo que se decía. También, que antes de terminar su relato, volvió al parque nuevamente, a la calle de los álamos. Fue en la primavera. El perfume del follaje renovado creaba en el parque un ambiente que supo mágico y especial. Nuevamente se encontró con la soledad de aquella silla vacía que le cerró aún más su corazón. Al poco tiempo, en las vidrieras de las librería apareció un nuevo título: ”La mujer de la silla”. En la contratapa se detallaban los datos personales del autor, el carácter de opera prima y de su final en un accidente callejero. Su madre lo editó en su recuerdo. Sólo tenía cuarenta y dos años. También se supo que existía una mujer enamorada del escritor. Un amor silencioso y callado. Cierto día, en su caminata por la ciudad, descubrió el libro y lo compró. Con él en sus manos, muy cerca de su corazón, se dirigió al parque para leerlo. Caminaba lentamente en la soledad gris mientras pasaba, una a una, las páginas del libro. El interés se fue transformando en emoción. A medida que avanzaba en la lectura, su paso se hacía más lento y su figura más frágil. En un momento, descubrió junto al poste de la luz una vieja silla donde sentarse para continuar le lectura. Los que la vieron refieren que estuvo mucho tiempo sentada. Prácticamente hasta el atardecer. Cuando dejó de leer, retuvo el libro con sus manos y las apoyó sobre su falda. Su vestido azul, largo hasta sus pies, permitía ver solo el marfil de sus medias y el negro de los zapatos. Una blusa carmín con flores rosadas contrastaban con el pañuelo blanco y el brillo de su cabello oscuro bajo la cenicienta luz del atardecer. El joven que refirió esta visión, volvió al día siguiente para registrar esa imagen. Sólo encontró la silla. Era otoño.

El Prof. Horacio Agustín Walter es Director de la Cátedra Libre de la Historia y Cultura de los Alemanes del Volga en Argentina

No hay comentarios:

Publicar un comentario