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jueves, 30 de julio de 2015

Educación e idioma entre los alemanes del Volga: Cómo aprendían los colonos

Por Leandro Hilt

Lo que sigue son apuntes sobre la vida intelectual de los inmigrantes alemanes provenientes de la lejana Rusia, quienes al afincarse en tierra entrerriana debieron adecuarse al nuevo entorno socio-cultural.

Cuando los alemanes llegaron a Rusia y lograron establecerse, luego de fundar las aldeas a orillas del Volga, debieron hacerse cargo del sistema educativo, pues el gobierno ruso estuvo siempre ausente en este aspecto.
Alrededor del 80% de la población era analfabeta. La instrucción primaria no estaba al alcance de todos y era un tema menor para la Corona rusa. Alemania sin embargo era uno de los países más avanzados en educación.
Las dos prioridades en Rusia fueron establecer Iglesias y fundar escuelas para un crecimiento armonioso de todas las áreas de la vida y no solamente el económico.
El sistema educativo en el Volga fue sostenido siempre por los colonos, el gobierno jamás aportó nada.
En la primera generación de pobladores alemanes en Rusia, el puesto de maestro fue cubierto por quienes contaban con algún título o preparación traído de Alemania. Muchas personas habían pasado por las escuelas de enseñanza superior.
Ellos se esforzaban por transmitir sus conocimientos y tratar de formar algunos maestros para las futuras generaciones. Pronto, los maestros y personas preparadas fueron escasos y los pastores y sacerdotes debieron ocuparse de la educación por ser los más instruidos de la comunidad.
Pero los clérigos ya estaban superados de trabajo, no les quedaba mucho tiempo para ocuparse también de la enseñanza. Por lo tanto esa tarea fue derivada al “sacristán” que con el pasar del tiempo fue conocido como “Lehrer” (maestro) y más adelante, maestro de escuela, “Schulmeister”.
Estas personas eran responsables de muchas actividades en la aldea. Eran maestros, dirigían el coro de la iglesia, hacían los registros de nacimientos y fallecidos, cobraban las cuotas para el mantenimiento del culto y mucho más.
En Argentina la educación de los inmigrantes también estuvo relacionada con la Iglesia, ya que no había escuelas y generalmente se construía una habitación contigua al templo donde se impartían las clases, o se hacía en la misma Iglesia.
Con el correr de los años fueron construyendo edificios independientes de la Iglesia para la educación. Los maestros atendían a todos los grados a la vez, medio día en castellano y la otra mitad de la jornada en alemán.
Los sábados se impartía enseñanza religiosa. En el caso de los evangélicos debían aprender de memoria el catecismo de Lutero, los diez mandamientos, el Credo, el Padrenuestro, muchos versículos bíblicos y los himnos que se cantaban en los cultos. Todos en una misma aula y con un solo pizarrón.
Los hijos de los colonos sabían hablar solo en dialecto alemán, por lo tanto el mayor problema eran las clases en castellano. Las lecciones en castellano muchas veces eran aprendidas de memoria sin entender una sola palabra de lo que decían. La instrucción en alemán era más fácil, ya que se basaba fundamentalmente en la lectura y escritura.
También se aprendía geografía, historia y literatura alemana. Algunos maestros prohibían hablar en alemán en los recreos y se castigaba a quienes no cumplían. Los alumnos asistían a clase con una especie de pizarra muy fina enmarcada en madera, y un lápiz cuya escritura era similar a la tiza y fácil de borrar. Un cuaderno de caligrafía y otro de lectura. La “mochila” era una bolsa que cocían las madres con bolsas de arpillera que se podía colgar del cuello.
La disciplina era muy severa y era común recibir azotes ante un error en la tarea. Las escuelas eran privadas y el sueldo del maestro era pagado por los padres de los alumnos. A la vez el programa de enseñanza lo determinaba el gobierno provincial y cada tanto había inspectores que hacían visitas.
Generalmente los maestros eran personas de origen alemán que llegaban al país para la exclusiva función de enseñar. En su mayoría eran muy estrictos y severos. Todavía quedan ex alumnos de estos maestros que tienen recuerdos tristes.
También hubo algunos que se hicieron querer mucho. Wilhelm (Guillermo) Welp fue maestro en varios lugares de Entre Ríos, entre ellos en la Colonia Stauber, Irazusta. Nació en Bielefeld y después de combatir en la Primera Guerra Mundial, donde obtuvo la Cruz de Hierro y medalla al valor, decidió instalarse en Argentina. Conoció a Susana Spomer, una descendiente de alemanes del Volga de la colonia El Potrero, con quien se casó.
Formó su familia y vivió en la colonia durante algunos años donde era el maestro de alemán y castellano. Se hacía respetar mucho, pero sin llegar a generar miedo en los alumnos. Enseñaba todas las materias y además canciones, teatro y poesías. Todos los ex alumnos de Guillermo con los que pude hablar dijeron que fue un maestro muy querido. Lamentablemente falleció en un accidente de tránsito cuando ya había dejado la tiza y el pizarrón para dedicarse a la apicultura.
Algunos alumnos vivían relativamente cerca de las escuelas pero otros no tanto y debían asistir en caballo, sulky o carro. Con el viaje de ida y vuelta, la clase en castellano y luego la de alemán, el día se hacía largo y estaban muy ocupados.
A la noche, ya de vuelta en sus hogares, después de la cena había que hacer los deberes sin chistar, bajo la mirada de los padres.
Al llegar los alemanes del Volga al país, era presidente el doctor Nicolás Avellaneda. Argentina apenas contaba con dos millones de habitantes, de los cuales su mayoría era analfabeta.

La lengua

La cultura de los Alemanes del Volga posiblemente esté relacionada con el constante movimiento migratorio que vivió a partir del siglo XVIII, cuando partieron de Alemania. Una cultura representada por objetos simbólicos más que materiales, debido al constante movimiento en busca de nuevos lugares para vivir.
Tal vez eso fue lo que desalentó el desarrollo de emprendimientos industriales o artísticos como lo hicieron otros grupos que gozaron de mayor arraigo.
Asimismo ese constante caminar hizo que se fortalecieran los bienes que podían llevarse consigo cada vez que hacía falta migrar a otro lugar. Desarrollaron una extensa y rica tradición oral. Dicha tradición se expresa a través de la música y el habla.
Los Alemanes del Volga hablan dialectos pertenecientes al “Alto Alemán”.
El alto alemán es el que dio origen al idioma actual literario y el bajo alemán al inglés y neerlandés entre otros. Un ejemplo del bajo alemán es el que hablan los menonitas.
Si bien el alemán literario no fue usado en la legua coloquial, se usaba en los libros, la iglesia y la escuela. En el trato cotidiano siempre se usaron los dialectos. No todas las aldeas en el Volga y luego en Argentina usaban el mismo dialecto, pues el lugar de origen no era el mismo.
Cada grupo llevó hasta Rusia el dialecto que usaba en su ciudad de origen en Alemania. Lo mantuvieron en Rusia mientras vivieron ahí y luego lo trajeron a la Argentina y otros países de América.
Si un descendiente de alemanes del Volga que todavía mantiene su dialecto, fuera a la ciudad de origen de su ancestro en Alemania hoy en día, se sorprendería por la similitud entre la forma de hablar que tiene cada uno a pesar de las variaciones que pudo sufrir con el correr de los años.
Los idiomas van sufriendo cambios con el paso del tiempo, y en especial los dialectos, ya que no quedan de forma escrita, sino oral. Los que llevaron los alemanes a Rusia también sufrieron estos cambios, si bien cada aldea mantenía el suyo, inevitablemente tuvieron que relacionarse entre ellas y comenzó a mezclarse. Esta mezcla hace que cada uno de los dialectos pierda y adquiera algo. En los casos en que preponderaba uno más que otro, del “derrotado” solo quedaban algunos rastros.
Estas formas de hablar han sufrido cambios no solo por mezclarse con otras y con los habitantes de Rusia, sino también para la designación de cosas nuevas y la incorporación de palabras.
En el libro “Los alemanes de Rusia” de Jakob Riffel, el autor pone algunos ejemplos de cosas que los alemanes no conocían cuando salieron de su país y a las que debieron ponerle un nombre. A la bicicleta la llamaron “Tretwage” que literalmente significa carro para pedalear y una locomotora fue nombrada “Feuerwagen” carro de fuego. El avión es “Luftschiff”, barco volador.
En Rusia el grupo no sufrió mucha influencia del idioma local, aproximadamente 800 palabras fueron las que incorporaron a sus dialectos. Sin embargo en Argentina, donde la comunidad no se desarrolló tan aisladamente como en Rusia, fue necesaria la implementación del castellano para interactuar con las personas locales. No solamente con la incorporación de palabras sueltas sino a la formación de oraciones completas para expresarse.
Muchas personas se hicieron mayores viviendo en Argentina y sin embargo nunca aprendieron a hablar en castellano. Estas personas consideraban que no era necesario aprender, pues entre ellos se entendían perfectamente en alemán.
De la misma manera, la mayoría de las personas que vivieron en las orillas del Volga, nunca aprendieron a hablar en ruso. Por suerte el gobierno insistió con que los niños en edad escolar hablen, lean y escriban el idioma nacional. Goethe dice: “Cada provincia ama su dialecto, pues en verdad es el elemento del cual el alma saca su aliento”.
Y el alemán del Volga tiene un fuerte apego por su dialecto. Es una de las partes más íntimas de la persona. El sonido le resulta agradable y en ningún otro idioma uno puede expresarse con tanta claridad como con el idioma materno. Con una sola palabra se puede expresar mucho, mientras que para lo mismo, hacen falta frases muy largas en otros idiomas.

El maestro Fritz

Friedrich “Fritz” Knochenhauer nació el 23 de febrero de 1883 en Alemania. Llegó a la Argentina en 1912 para ocupar el cargo de maestro en aldea Santa Celia, departamento Gualeguaychú. Dictó clases en alemán y en castellano.
Los relatos de personas que estuvieron en su clase y familiares de alumnos de este maestro, no lo favorecen mucho.
Es descrito como una persona violenta y autoritaria. En general todos los maestros alemanes eran muy estrictos. Fritz se había fanatizado con el régimen nazi y demostraba cierto odio hacia los alemanes de Rusia. La gente de la aldea lo comparaba por su aspecto con Adolfo Hitler, inclusive llevaba un bigote igual al del Führer.
Los alumnos respetaban mucho a “Fritz”, pero en realidad lo que sentían era miedo. Sobre su escritorio o empuñándola siempre, tenía una delgada vara para golpear contra la mesa, el pizarrón o algún niño al que le costaba aprender.
Una ex alumna, me relató que en una oportunidad pretendía que un chico pronunciara correctamente la palabra “rueda” pero al niño le salía decir “róida”. Tantas veces le gritó y exigió al decir correctamente la palabra hasta que en un ataque de ira tomó al pequeño de su brazo, lo arrojó al suelo, apoyo un pie sobre el cuerpo y lo golpeó con la vara muchas veces, a la vez que lo insultaba.
Otro fue el caso de un alumno que recibió un golpe tan fuerte en la frente que le produjo una lastimadura y tuvo que volver a su casa antes de finalizar la clase. Los padres jamás se quejaron del maltrato que recibían los niños en las clases de Knochenhauer ni en las de ningún otro maestro. Es sabido que algunos padres les daban instrucciones de pegar a sus hijos para que aprendan.
Los primeros años de clases en aldea Santa Celia, se daban en el templo, se colocaba un pizarrón a mitad de la Iglesia de manera que el altar quedaba atrás y otro pizarrón del lado donde estaba la puerta. Entre los dos pizarrones se enseñaba. Algunos años Fritz llegó a tener más de cincuenta niños en sus clases. Irónicamente el apellido alemán Knochenhauer en su traducción literal al castellano significa “Picador de huesos”.

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