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sábado, 8 de agosto de 2015

El mejor recuerdo de mi infancia: Mi abuela Elena

Por Armando J. Di Julio
(Chef internacional)

La casa era de madera, al frente un cuidado jardín con malvones y lazos de amor, azucenas y crisantemos.
El techo de chapas negras, resaltaba sobre las paredes celestes y el ventanal rojo carmesí. Entrando, el pequeño estar con un sillón de cañas y mimbre con dos almohadones multicolor. En la cocina comedor, el mueble vitrina donde reposaban algunos vasos de vidrio azul, copitas de licor y varios platos. 
Una alacena de color verde con puertas corredizas y debajo, una mesada de cemento sobre dos paredes de ladrillos. Encima, un calentador a bomba que impregnaba de olor a kerosene todo el ambiente. A la izquierda, un dormitorio y afuera el baño.
Era una tibia mañana de principios de otoño, los árboles comenzaban a pintar el claroscuro en sus hojas y el boulevard cerraba con sus copas la calle de tierra recién regada.
Ella volvió de la feria con dos bolsas cargadas de comida, guardó las verduras, acomodó las frutas, se preparó unos mates y organizó su día.
Volcó harina sobre la mesa, formó un volcán, rompió dos huevos, agregó un chorrito de aceite, sal, agua y unió los ingredientes. Amasó un rato y dejó descansar. Cortó varios tomates bien maduros, picó ajo, los puso en una olla de barro con aceite, agregó agua y dejó cocinar lentamente cerca de una hora. 
Tomó la masa y con un palote, estiró en forma oval, muy finita, la enrolló por el lado más largo y con un cuchillo cortó tiritas, que luego abrió y separó –para Armandito- pensó. Fideos caseros con salsa.
Casa y comida humildes, pero llenas de amor. El mejor recuerdo de mi infancia. Mi abuela Elena.
Desde china hasta Italia, desde Japón hasta Perú o de Rusia hasta Israel (del Volga hasta la Agentina), la fusión de los pueblos y la intelectualidad culinaria hicieron del comer un arte, una forma de vivir.
Como profesional de la cocina he recorrido un largo camino, que hoy comienzo a desandar con ustedes.

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