Por Leandro
Vesco - Fuente: Fabio
Robilotte - Fotos: Martín
Gavio
Adalberto Ruppel vive en
San Miguel Arcángel, es uno de los últimos hombres en la Provincia de Buenos
Aires que arregla acordeones. Instrumento que además toca y colecciona. Su
taller es un recinto encantado donde conviven miles de piezas, recuerdos y donde
la música puede habitar con total libertad. Conocé la historia de este hombre
que dedicó toda su vida al acordeón.

Vive en San Miguel Arcángel, un plácido y aislado pueblo
de la pampa profunda bonaerense donde el viento trae murmullos de aves y
algunos espejos de agua contienen a esta comarca de 700 habitantes que viven en
un entorno natural tranquilo y bello. Sus calles tienen el encanto de las
veredas arboladas con sombras refrescantes y una avenida central por donde pasa
la dinámica del pueblo, varios almacenes, un histórico boliche de campo y una
inmaculada iglesia más el hidalgo antecedente de que todo lo que se hizo acá,
fue con el sudor de la frente de aquellos alemanes pioneros que se animaran al
desierto, y que eligieron este ignoto punto en el mapa de nuestra provincia,
alejado de todo para conservar sus raíces y tradiciones. San Miguel tuvo la
oportunidad de tener estación de tren, pero aquellos hombres rudos decidieron
quedarse solos y hacer allí su mundo. Este mundo es hoy el pueblo de Adalberto
Ruppel, uno de los últimos arregladores de acordeones, una estirpe que se va
perdiendo en el tiempo.
Su taller tiene la magia de un claustro hecho para que
los artilugios con hechizo muestren sus secretos en complicidad con el demiurgo
que los desarma y arregla. Su amor por el acordeón comenzó en su niñez
“Entonces en cada casa había un acordeón y cada encuentro familiar terminaba
con música, la música estaba presente todos los días” Aprendió viendo tocar a
su tío y luego llevándole el tranco a su padre. Por aquel entonces todo tenía
olor a gesta. “Mi abuelo trabajó en el primer molino del pueblo. Lo hicieron
ellos mismos y había varias panaderías, también más de ocho boliches” Rodeado
de pequeñas acordeones de todas las épocas, su colección asombra. “Aquel tiene
más de 100 años, aquel es de la primera guerra y aquellos de la segunda
guerra”, comenta con emoción. Todos funcionan y Adalberto se encarga de que la
música siga fluyendo por esos fuelles legendarios.
“Cada acordeón tiene entre 7.000 y 9.000 piezas. Yo tengo
que desarmar el instrumento, ver la falla y volver a armarlo” Este trabajo
artesanal requiere de una paciencia extraterrena. “Me apasiona, he arregaldo
miles de acordeones pero si me preguntás qué es lo que tienen de especial, es
que ninguno es igual al otro. Cada acordeón es único y por eso hay que
tratarlos de un modo especial” En sus años mozos integró un conjunto con el que
recorrió toda la región, “Y hasta viajamos a Buenos Aires, haciendo música, nos
hacíamos llamar Los Yomers” Adalberto, tiene una mirada profunda y una agilidad
de niño inquieto en sus manos. Fue Delegado de su pueblo, entre mil trabajos
que lo han convertido en una figura querida y respetada. “Además manejo el
sistema de televisión por cable del pueblo”, dice como si fuera una cosa al
pasar. Pero nunca deja de mirar sus acordeones, allí está su tesoro y su
legado. “A veces regalo uno, y es como si ragalara parte de mí”.
Historias que esconden nuestro interior, esta Argentina fecunda y fértil en valores humanos que hacen de nuestro país, una nación de hombres sensibles y trabajadores. Si el Ángel de la Música camina por San Miguel, seguro duerme en el taller de Adalberto, el mago de los acordeones.
Historias que esconden nuestro interior, esta Argentina fecunda y fértil en valores humanos que hacen de nuestro país, una nación de hombres sensibles y trabajadores. Si el Ángel de la Música camina por San Miguel, seguro duerme en el taller de Adalberto, el mago de los acordeones.
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