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sábado, 26 de septiembre de 2015

El colono recién llegado

La calle es larga, ancha “igual que las del Volga” –piensa el colono que llega a la colonia desde la aldea de Rusia. “La única diferencia es que todavía ninguna casa es de ladrillos”.
Y así es, la colonia apenas fue fundada hace unos años y el trabajo de la roturación de la tierra virgen se llevó los días y el tiempo libre para pensar en comodidades. Porque como le van a contar dos o tres horas después “los años vienen malos y la helada se ‘roba’ cosecha tras cosecha”.
“Estamos peor que cuando llegamos” –le confiesan. “No sólo que no logramos obtener un sólo buen grano de trigo sino que estamos muy endeudados con el gobierno”.
A pesar de todo, el colono avanza con su enorme baúl de madera a cuestas. Camina lento, agotado después de cruzar el océano en un barquito de papel y haber transitado media Argentina en medio del humo y la tierra de un tren que corría cruzando la pampa deshabitada.
Lo reciben con júbilo. Le preguntan por la aldea natal, cómo están los familiares que optaron por quedarse allá, por la situación social y política, con la esperanza que el zar haya dado marcha atrás a los ukases que anularon el Manifiesto de Catalina.
Les cuenta, triste, sombrío, que todo sigue igual. Que el pueblo ruso va rumbo a una revolución. Que cada vez hay personas que se conocen como socialistas. Que la intolerancia va en aumento. Que casi todos los días hay manifestaciones públicas en las que mueren varias personas en manos de los soldados del zar. Que las aldeas del Volga se desangran de habitantes y que la mayoría ya emigró o va a hacerlo pronto.
Que ya no queda dónde regresar. Que ya no hay otra solución que vencer la indómita pampa argentina y soñar esperanzados que, de una vez por todas, “este suelo les de trigo y con él una patria, una vida tranquila y próspera para ellos y para las futuras generaciones”.

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