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jueves, 28 de enero de 2016

Ana Fritz, una abuela de noventa y dos años, que comparte sus recuerdos


Ana Fritz es una abuela de noventa y dos años. Vivió mucho, “demasiado” -asevera. Y sabe mucho de ese ayer del cual le tocó formar parte. Una época en que las mujeres no la tenían nada fácil, según ella.

“Mi padre era el jefe y el sostén de la familia, con esposa e hijos que le debíamos rendir respeto y sumisión” –revela sin tapujos ni medias tintas. “Era la autoridad por cuyas manos pasaban todas las decisiones, desde las más importantes hasta las más nimias. Él decidía qué se comía, quién se educaba, quién heredaba, cuál de las hijas iba a tener que ser monja y cuál de los hijos debía ser sacerdote. También decidía arbitrariamente cuál de todas sus hijas se casaba y cuál de todas ellas se iba a tener que quedar en la casa a cuidar de sus padres cuando fueran ancianos” –afirma.
“De más está agregar” –acota- “que ninguna de las hijas mujeres tuvo la posibilidad de estudiar ni formarse en ninguna tarea laboral salvo las labores propias de su género” –cuenta.
“Mi padre se sentía con derecho a decidir absolutamente todo” –enfatiza.
“Pienso en mi pobre madre y me dan ganas de llorar. Siempre tan sumisa. Siempre con miedo. Igual que todos nosotros. Le teníamos terror a mi padre. Fue muy duro” –dice casi llorando.
Ana Fritz narra su pasado, su niñez, su infancia con dolor. Remarca lo que sufrió. Relata que no tuvo tiempo para jugar. “El trabajo siempre estaba primero” –sentencia.
“Yo no me casé. Yo fui la elegida: yo me tuve que quedar en casa para cuidar de mis padres y velar por ellos. Y cuando murieron ya era demasiado tarde para todo. Hasta para ser feliz” –concluye.

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