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miércoles, 20 de enero de 2016

Una historia de amor en época de cosecha

Una leve brisa agita los rosales: una rosa se deshace y sus pétalos caen a tierra como lágrimas que el viento arrastra al olvido. Las demás flores del jardín los ven pasar y suspiran envidiando la fortuna de la rosa porque suponen que fue deshojada por la enamorada. En la casa todos saben que el corazón de la pequeña Ana despertó al amor. La adolescente se enamoró y, bajo los parrales, sueña los primeros sueños de amor.
La colonia vive el fervor previo de la cosecha. Las familias se preparan para partir rumbo al campo a cegar trigo. Algunas se irán muy pero muy lejos, como todos los años.
Los carros van y vienen, los caballos relinchan inquietos y los perros ladran excitados por tanto alboroto. Mañana es la jornada escogida por los padres de Ana para partir. Los acompañarán tíos, primos, amigos, peones. Todos irán detrás de la cosecha, mudándose de chacra en chacra, recorriendo varios partidos de la provincia.
Cinco meses es mucho tiempo, reflexiona Ana. Intuye que la despedida será difícil, siempre lo es. Para algunos ya no habrá reencuentro. Sobre todo para las personas mayores: fallecerán antes de que la caravana emprenda su regreso.
Ensimismada en sus razonamientos, ayuda a cargar los enseres domésticos en el carro. Lo hace sin decir palabra. A su alrededor, sin embargo, todo es bullicio, fluyen las anécdotas de cosechas pretéritas. La vorágine de la actividad absorbe mente y voluntad. Las horas transcurren, se llevan el día.
En la noche, Ana apenas logra dormir. La imagen de su vecino lo atormenta con su sonrisa y su mirada. Y una pregunta late en su alma: ¿Qué sucederá mañana en el momento de la partida? Seguramente nada. Bien sabe la respuesta.
La familia se levanta con el alba. Dispone los carros y parten. Ana va con ellos. No dice nada. Sólo observa cómo se desarrollan los hechos, es una actriz de reparto, nada más, una simple actriz secundaria. ¿Para qué decir nada? Si la opinión de los hijos no cuenta. Es una existencia práctica y realista la que llevan los colonos. Los sentimientos pasan a segundo lugar, son para la intimidad, no se dan a conocer públicamente ni se traducen en palabras, se asumen y punto. Nada de efusividades ni expresiones de ternura. La lucha por la supervivencia está primero. Por eso, inician la marcha en silencio. Nadie habla. Todos llevan el corazón acongojado; pero nadie se atreve a decir palabra.
Ana ve como se alejan de la colonia y como crece la distancia que lo separa de su amado. El pueblo se convierte en una línea difusa en el horizonte y desaparece.
No piensa en el regreso. Cinco meses es demasiado tiempo. Sabe que en la colonia los hijos se casan jóvenes y que la mayoría de las veces, por tradición, los padres deciden con quién.

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