
Así trabajamos el
campo, que es una manera de decir. Produciendo poco, casi nada. Contando las
chirolas que ganábamos. Comiendo los alimentos más económicos. A veces, la
misma comida durante la cena y almuerzo semanas enteras. Y como si la mala
tierra no fuera suficiente, llegaban las langostas, que se devoran la quinta de
verduras que mi madre, a puro sacrificio, lograba hacer producir, y las
heladas, que lo quemaban todo, absolutamente todo. Ni jardín teníamos.
La cruel realidad
nos hizo desistir de todo intento de hacer floreciente aquel páramo. El viento
soplaba día y noche. La tierra nos envolvía con su polvillo de suciedad.
Deambulábamos como alienados esperando un milagro que jamás se produjo.
Cansado, abrumado,
derrotado, mi padre tomó la decisión de retornar a la colonia más pobres que
cuando nos fuimos. Y cinco años más viejos. Cinco años que parecían veinte por
todo lo que habíamos padecido y maldecido. Sin casa donde vivir. Sin hogar
donde sentarse junto a una cocina de leña y soñar con mañana mejor.
Nos cobijo abuelo,
el padre de mamá. Nos dio donde vivir y qué comer. Papá estaba desahuciado.
Nunca volvió a ser el mismo. La frustración y la derrota lo fue
consumiendo, y si bien consiguió trabajo a los pocos meses, murió seis años
después, sintiéndose un fracasado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario