
“Después, a los niños menores de la
casa, nos mandaban a limpiar el chiquero y el gallinero. Teníamos que dejarlos
bien limpios, para que los animales no se enfermaran de ninguna peste.
Utilizábamos mucha agua, que obteníamos llevándola desde el tanque del molino
con grandes baldes, y barríamos con escobas confeccionadas con ramas de
árboles. Por supuesto, que también teníamos que recoger los huevos. Y a veces,
cuando era época de sequía y la pastura escaseaba, hasta teníamos que sacar a
pastorear los cerdos para que no se murieran de hambre. Un trabajo que no nos
gustaba porque era muy difícil mantenerlos juntos. Siempre alguno se nos
escapaba. Sobre todo cuando eran pequeños.
“A la tarde nos tocaba la quinta.
Trabajar con la pala, puntear la tierra, darla vuelta para sembrar verduras y
hortalizas. Carpir con la azada para que estuviera limpia y ordenada.
Rastrillar sacando las malezas secas. Regar llevando agua con los baldes.
“Aparte de todo eso, mi hermano tenía que
ayudar a mi padre en el campo: arando, sembrando, cuidando los animales. Y mis
hermanas y yo, teníamos que ayudar a mi madre en todos los quehaceres de la
casa: preparar la comida, lavar la ropa de todos en la fuente con la tabla de
lavar, coser y remendar las prendas que estaban rotas.
“No nos quedaba tiempo libre ni siquiera
para jugar. Y ni que hablar para ir a la escuela. Mi hermano mayor fue hasta
segundo grado. Mis hermanas hasta primero. Y yo apenas asistí medio año.
“¡Así era la vida de
antes!”
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