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sábado, 29 de octubre de 2016

La abuela María Berta Stadelmann nos cuenta su niñez

“Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para ordeñar las vacas, mi padre, mi madre, mi hermano, mis tres hermanas y yo. Los pies hundidos en el fango hasta las rodillas, chapoteando en el barro, el excremento y el pis de los animales. En invierno soportando una helada tremenda: las vacas tenían el lomo blanco de escarcha. Bajo la lluvia, titiritando de frío. Terminábamos a las ocho y media. La mayor parte de la leche se vendía y un resto se utilizaba para elaborar crema, manteca y queso. Todo con artefactos que funcionaban de manera manual, con manivelas que había que hacer girar y girar y girar. Allí también colaboraban todos los hijos, sin importar la edad.
“Después, a los niños menores de la casa, nos mandaban a limpiar el chiquero y el gallinero. Teníamos que dejarlos bien limpios, para que los animales no se enfermaran de ninguna peste. Utilizábamos mucha agua, que obteníamos llevándola desde el tanque del molino con grandes baldes, y barríamos con escobas confeccionadas con ramas de árboles. Por supuesto, que también teníamos que recoger los huevos. Y a veces, cuando era época de sequía y la pastura escaseaba, hasta teníamos que sacar a pastorear los cerdos para que no se murieran de hambre. Un trabajo que no nos gustaba porque era muy difícil mantenerlos juntos. Siempre alguno se nos escapaba. Sobre todo cuando eran pequeños.
“A la tarde nos tocaba la quinta. Trabajar con la pala, puntear la tierra, darla vuelta para sembrar verduras y hortalizas. Carpir con la azada para que estuviera limpia y ordenada. Rastrillar sacando las malezas secas. Regar llevando agua con los baldes.
“Aparte de todo eso, mi hermano tenía que ayudar a mi padre en el campo: arando, sembrando, cuidando los animales. Y mis hermanas y yo, teníamos que ayudar a mi madre en todos los quehaceres de la casa: preparar la comida, lavar la ropa de todos en la fuente con la tabla de lavar, coser y remendar las prendas que estaban rotas.
“No nos quedaba tiempo libre ni siquiera para jugar. Y ni que hablar para ir a la escuela. Mi hermano mayor fue hasta segundo grado. Mis hermanas hasta primero. Y yo apenas asistí medio año.
“¡Así era la vida de antes!” 

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