
“Yo no entendía nada. No quería dejar la
casa de mis padres para ir a trabajar con una señora que necesitaba una niñera
para que la ayuden con sus hijos. Lloré durante toda la noche y le recé a Dios
que me ayudara para que mi madre cambiara de opinión. Pero no pasó nada. A la
mañana me mandaron a la casa de la viuda Margarita Denk a trabajar. Tenía once
años.
“Y así me fui –cuenta doña Nélida Gallinger.
Con mi pequeño atadito de ropa y lo puesto. Nada más. Tenía solamente una muda
para domingo y otra para trabajar. Lloré durante varias noches. Extrañaba a mi
mamá, mi papá y a mis hermanos. Ellos
estaban lejos. Yo trabajaba en la ciudad, que quedaba a cincuenta kilómetros de
la colonia.
“La señora me hacía cuidar a sus hijos
pero con el tiempo me hizo lavar la ropa y planchar. Y yo no podía decir nada porque me iba a
echar a la calle y mi madre me iba a retar si pasaba eso. Mis padres
necesitaban la plata.
“Mi mamá cobraba mi sueldo y lo usaba
para criar a mis hermanos. Éramos seis mujeres y cinco varones. Pasamos mucha
pobreza y miseria.
“En esa casa trabajé hasta el día en que
me casé, a los dieciséis años, y me fui a trabajar al campo, con mi marido, a
un tambo, a ordeñar vacas. Ahí estuvimos veinte años. Hacíamos de todo. Yo era
un peón más. Hacía las cosas de la casa pero también ayudaba a mi marido en todo”
–concluye doña Nélida Gallinger.
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