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martes, 22 de mayo de 2018

Fuimos una familia feliz

Un plato de comida elaborada con ingredientes austeros
aprovechados con sabiduría y cocinados sobre la cocina a leña a la hora del almuerzo y una taza de mate cocido con pan casero horneado en el horno de barro a la hora de la cena, fueron el alimento cotidiano de muchos niños de la colonia en tiempos de nuestros padres. Era una época en que no sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un amor inquebrantables. La mayoría de esos ingredientes se producían en el amplio fondo que poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas, engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces. 
Pero no crean, al leer lo que acabo de contarles, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura, agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar ni rastros del menú. Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz. 
(Todos estos recuerdos y las recetas inolvidables de nuestra niñez las rescato en mis libros “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “Lo que el tiempo de llevó de los alemanes del Volga”, que es mi manera de perpetuar en la memoria no solamente a mis padres sino a todos los antepasados de los descendientes de alemanes del Volga).

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