
Y así
fue. Al rato asomó doña Filomena rezongando porque ya era tarde y nadie estaba
haciendo nada en la cocina. La norma en la casa era almorzar a las doce en
punto del mediodía, cuando sonaban las campanas de la iglesia: momento en que
todos paralizaban su actividad para rezar el Ángelus. Y las muchachas sabían
que las costumbres se cumplían a rajatabla. Por eso, sin refunfuñar pero sí
controlando a duras penas su ansiedad, obedecieron a su madre. Rosa comenzó a
pelar papas, Berta cebollas y Luisa comenzó a reunir ingredientes para preparar
una pasta, mientras María se dirigía a la quinta a buscar las verduras que
faltaban para elaborar el menú.
Luego
del almuerzo, la vivienda quedó en silencio. Poco importaba que fuera sábado y
las muchachas tuvieran planes para esa jornada. Nada alteraba el orden habitual
de los habitantes de la casa. A nadie se le hubiese ocurrido revelarse ni
contradecir las normas. Por respeto a los padres y a las buenas
costumbres.
Los
sábados a la tarde, después de la siesta y del mate, venía el momento del baño.
Se calentaba agua en la cocina a leña en cuanta pava y tarro hubiera en la
casa. La tina era un enorme fuenton confeccionado de chapa en la localidad y el
cuerpo y la cabeza se lavaban con jabón casero que elaboraba la abuela tras
cada carneada.
Habiéndose
bañado y concluida la cena, que se desarrollaba con el toque de las campanas de
la iglesia, a la hora del atardecer, las muchachas, que vivían en la calle
central del pueblo y eran hijas de una familia de un pasar económico holgado,
sacaron la radio a la galería. La trasladaron entre Berta y María y con
esfuerzo la colocaron sobre una mesita instalada en un rincón, para que no
moleste, en el momento de bailar. La encendieron y subieron el volumen.
Ahora
solo cabía esperar que llegaran las primas, los primos y las amigas y los
amigos invitados. Y todo estaría listo para otro sábado de baile y diversión.
(Autor: Julio César Melchior).
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