
Trabajaron jornada tras jornada, de sol a sol, de lunes a sábado, en
ocasiones, también los domingos, en primavera, verano, otoño e invierno. A
veces hacía tanto calor que rajaba la tierra. Otras tanto frío, que la escarcha
cubría todo hasta las doce del mediodía.
Jamás
se quejaron de su destino. Jamás se lamentaron. Jamás tomaron la vida cotidiana
como una tragedia. Para ellos, la vida siempre fue una celebración, una
alegría. El amor y la conformación de una familia, tener una casa, un hogar,
hijos, era la felicidad suprema. Y en pos de esa felicidad suprema, la máxima
bendición de Dios, lo dieron todo de sí mismos. Lo entregaron absolutamente
todo. Y fueron dichosos haciéndolo. Inmensamente dichosos. Tener hijos,
acompañarlos en su crecimiento, velar por su educación, tanto familiar como
escolar, apoyarlos en sus emprendimientos, contenerlos cuando algún fracaso
hacía tambalear sus sueños, estar siempre presentes, siempre, desde el día que
nacían hasta el último momento de sus propias existencias.
Mis
padres fueron profundamente felices. Se amaron durante cincuenta y seis años.
En la alegría y en la tristeza. En la salud y en la enfermedad. En la
abundancia y en la carencia. Su amor jamás se extinguió. Lo alimentaron y lo
hicieron crecer y más fuerte con los años. Y mi madre lloró mares de lágrimas
el día que sepultaron a mi padre. Aún hoy, casi dos años después, aún lo llora
como el primer día. Ambos se amaron y se aman. Su amor lo trasciende y lo
supera todo, hasta la muerte. Porque se seguirán amando más allá de esta vida.
Porque se amarán durante toda la eternidad de los tiempos. (Autor: Julio César
Melchior).
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