Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

viernes, 18 de abril de 2025

Viernes Santo en las aldeas de los alemanes del Volga

 Durante el Viernes Santo la vida cotidiana de las familias prácticamente se detenía, se apagaban las radios, las demostraciones de alegría quedaban suspendidas, los niños tenían prohibido hacer bullicio en sus juegos, las ventanas de las viviendas se mantenían entornadas, había que asistir a misa a la mañana, a las tres de la tarde, hora de la crucifixión de Jesús, y a la noche. Todo en la aldea estaba teñido por el duelo, por demostraciones de luto. 

 El Viernes Santo era una jornada de riguroso ayuno y abstinencia total de carne. Por lo que las comidas de los almuerzos habituales eran reemplazadas por otras, más austeras, como Kleis, Maultaschen, Schnitt suppe mit Der Kreppel, por citar sólo algunas y dependiendo de la colonia. A la hora del mate, en la mayoría de los hogares, la estrella era el Dünne Kuche con miel.  Todos los hogares estaban colmados de visitas. Las comodidades poco importaban. Se dormía dónde se podía, así fuera en el piso. Lo importante era estar juntos para conmemorar la pasión y muerte de Jesucristo, una fecha trascendental no solo para la comunidad sino también para la humanidad.
Nadie quedaba eximido del ayuno, ni los jornaleros, ni los ancianos, ni los niños de más de doce años de edad; tan sólo para los enfermos había una excepción, que debía ser refrendada por el sacerdote. A estas penitencias añadían otras privaciones, tales como la continencia conyugal, la supresión de las bodas y fiestas.
Los fieles concurrían a la iglesia vestidos de colores oscuros o de negro. Era un día totalmente dedicado a la penitencia, el ayuno y la oración. 
También se realizaban procesiones por las calles, en las que los niños iluminaban su camino llevando en las manos farolitos (Fackellier), adornados con papel crepé, entonando cánticos religiosos y orando devotamente. En muchas esquinas se instalaban pequeños altares preparados por los vecinos.
Se santificaba no solamente el templo sino también los hogares y los lugares de trabajo y diversión. El espíritu del Viernes Santo tutelaba la vida cotidiana de la sociedad coloniense.
 
Julio César Melchior lleva más de 30 años dedicados a rescatar y difundir la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los alemanes del Volga. Autor de 11 libros (1 traducido al inglés).  En estos momentos tiene a la venta tres libros: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información escribir al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 2926 461373. También pueden visitar su blog www.hilandorecuerdos.blogspot.com, con más de 4 millones de visitas.

miércoles, 16 de abril de 2025

Klapperer, una antigua tradición infantil de Pascua de los alemanes del Volga

Los niños de los pueblos alemanes de Coronel Suárez soñaban con integrar el selecto grupo de muchachos que seleccionaba el sacerdote para recorrer las calles de la localidad en Semana Santa llamando a misa después de que las campanas enmudecían en la noche del Jueves Santo, durante la misa en que se conmemora la Última Cena.

Lo hacían imitando el repique de las campanas con una especie de matracas, que recibían el nombre de Raschpel, mientras gritaban a viva voz “¡Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (“¡A la primera, a la segunda, a la tercera!”, en alusión a los tres toques de campanas con que habitualmente se llama a misa), en un bullicio ensordecedor.
Meses antes que llegara la Semana Santa, los niños de los pueblos alemanes con ayuda de sus padres trabajaban en la fabricación de matracas (Raschpel) reproduciendo diseños que eran originarios de la Edad Media, para intervenir en la agrupación de campaneros que reemplazaría el silencio de las campanas entre el Jueves y el Sábado Santo, o como se decía en aquel entonces "wenn die Glocken fort fliegen”, que en español significa “cuando se vuelen las campanas”, hecho que sucedía el Jueves Santo por la noche, durante la misa en que se conmemora  la Última Cena.
Llegado el día, el grupo (que recibía el nombre de Klapperer, en referencia a la tarea que realizaban) se reunía en la casa parroquial para ser admitido oficialmente por el sacerdote, presentar las poderosas matracas (llamadas Raschpel) y recibir las instrucciones del caso, prometiendo cumplir con su labor a conciencia. 
En ocasiones, el grupo se componía de hasta diez niños que salían a anunciar los diversos actos del programa litúrgico y el Ángelus, que era especialmente importante, porque había que levantarse de madrugada, recorriendo las calles en penumbras, cantando el Ave Maria Gracia plena! 
Todo ese trabajo —pues no dejaba de serlo— tenía su recompensa. 
El Domingo de Pascua y después de la Misa Mayor, el grupo de niños volvía a congregarse para recorrer la localidad en busca de su recompensa, yendo de casa en casa, para desear Felices Pascuas a las familias que los esperaban, e inclusive les pedían la repetición de sus pregones, sobre todo el del Ángelus, que cantaban a voz en cuello, mientras el ruido de sus matracas subía in crescendo y al ritmo de los obsequios de masitas caseras, unos centavos en dinero o huevitos de Pascua realizados artesanalmente con huevos de gallina, que entregaban los dueños de casa, y que al final del recorrido, eran repartidos equitativamente entre los integrantes de la agrupación.
 
Julio César Melchior lleva más de 30 años dedicados a rescatar y difundir la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los alemanes del Volga. Autor de 11 libros (1 traducido al inglés).  En estos momentos tiene a la venta tres libros: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información escribir al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 2926 461373. 

sábado, 12 de abril de 2025

Historia de Pueblo San José en el 138 aniversario de su fundación

 Pueblo San José, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires, fue fundado el 13 de abril de 1887 por 15 familias  que arribaron al país desde las aldeas Dehler y Volmer, que sus ancestros habían fundado a finales del siglo XVIII en tierras aledañas al Río Volga, en el lejano Imperio Ruso, respondiendo a una invitación colonizadora lanzada mediante un Manifiesto por la zarina Catalina II La Grande por toda Europa, en especial en los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. Eligieron la Argentina porque era un país con una política inmigratoria abierta y con una promesa de tierras fértiles, ideales para la agricultura.  Y al Partido de Coronel Suárez llegaron bajo el liderazgo de figuras como el Padre Luis Servet que estableció contacto con el empresario Eduardo Casey, que era propietario de grandes extensiones de tierra en esta región, y que jugó un rol crucial en esta epopeya colonizadora, dándoles la posibilidad a los colonos de adquirir tierras fértiles a un costo accesible, la oportunidad de desarrollar su actividad agrícola, y la perspectiva de una nueva vida en un país que, si bien con desafíos iniciales, les permitía mantener su cultura y religión. 

El 24 de septiembre de 1885 arriba al puerto de Buenos Aires el vapor "Strasburg", de la compañía F. Miller, un grupo de familias oriundas de las aldeas Dehler y Volmar de la colonización del bajo Volga, en el Imperio Ruso, para establecerse en Colonia Hinojo, Olavarria. Sin embargo, sólo pudieron permanecer allí alrededor de un año y medio, pues ya no quedaban tierras disponibles para instalarse definitivamente. Frente a esto, el párroco de Colonia Hinojo, Padre Luis Serbet, viajó 175 Km al sur de la provincia de Buenos Aires para iniciar negociaciones con el empresario Eduardo Casey, que poseía 300.000 hectáreas de campo virgen en un paraje denominado Sauce Corto, actual ciudad de Coronel Suárez. 

Logrado el acuerdo, las familias parten en carros cargados de enseres personales y útiles de labranza el 15 de marzo de 1887, costeando el recientemente inaugurado riel del Ferrocarril del Sud, rumbo a la Estación Sauce Corto, donde tras algunos conflictos fundaron semanas después la nueva localidad. Los conflictos surgieron porque las autoridades que estaban a cargo de la colonización, tenían previsto que las familias se incorporen al pueblo que ya existía, pero esto no fue aceptado por los colonos, ya que deseaban fundar su propia aldea alejados de la estación del ferrocarril, que, según sus creencias, se llevaría a la juventud al mundo de la perdición y también, y por sobre todas las cosas, porque querían conservar su identidad cultural, con sus tradiciones y costumbres. 

Luego de varias semanas de tensa espera y arduas negociaciones, el 13 de abril de 1887 se fundó Pueblo San José a 5 km de la estación de ferrocarril. El nombre que se le da a la localidad es Dehler. Posteriormente se le asigna el definitivo de Pueblo San José (Sankt Joseph, en alemán) aunque, popularmente, hasta la actualidad, se la conoce como Colonia Dos (en dialecto zweit Konie).

Las familias de Martín Sieben, Jacob Schwab, Stephan Heit, Jacob Schell y Konrad Schwab fueron las primeras en arribar y comenzar a limpiar la zona de malezas para edificar sus precarias viviendas en el lugar escogido para levantar el nuevo pueblo. En los días sucesivos llegaron las familias de Johann Förster, Johann Butbilopky, Johann Opholz, Nicolás Seib, Michael Schuck, Matthias Schönfeld, Johann Peter Philip, Adam Dannderfer, Gottlieb Diel y Heinrich Heim.

Las 5 familias citadas en primer término se instalaron definitivamente en la nueva localidad, mientras que las diez restantes, con el transcurrir de los años, fueron emigrando hacia otras regiones, no solo del país sino del exterior, desilusionadas por el fracaso de varias cosechas sucesivas, a consecuencia de las heladas y por el desconocimiento que tenían los colonos del clima y la mala elección en la variedad de la semilla al momento de la siembra.

El trazado urbano consistió en una sola calle de 30 metros de ancho por 800 metros de largo. Los solares se enfrentaban con 28 metros de frente por 110 de fondo y cada terreno tenía asignado 2 hectáreas de campo en el fondo, destinado para quintas.

En el centro quedaba un terreno de 50 por 130 metros destinado y reservado con carácter gratuito para la futura iglesia y escuela.

En 1888, es decir, apenas un año después de su fundación, se construye la primera capilla, totalmente de madera, siendo que la religión y la fe en Dios siempre fue una prioridad para los alemanes del Volga, junto con la conservación de su cultura, sus costumbres y tradiciones, en suma su identidad, la que llevaron consigo al emigrar  desde el Sacro Imperio Romano Germánico a finales del siglo XVIII y mantuvieron durante sus más de 100 años de radicación en la región del río Volga, en el Imperio Ruso.

La población fue creciendo con la llegada de nuevos contingentes de inmigrantes, por lo que en 1895 se instala la Congregación del Verbo Divino con sus sacerdotes, que a lo largo de la historia de la comunidad fueron fundamentales en todos los aspectos, tanto religiosos, sociales y culturales, de la misma manera que la Congregación Siervas del Espíritu Santo, cuyas primeras hermanas religiosas arriban en 1909 fundando una escuela y que a lo largo del tiempo desarrollaron una labor educativa trascendente como docentes, haciendo también un aporte invaluable para la conservación del idioma alemán.

Con la llegada de la Congregación del Verbo Divino y sus sacerdotes, se construye una nueva iglesia, la que se amplía en 1907. 

Como la población continuaba creciendo el padre José Weyer pensó en construir un nuevo templo, mucho más grande. Pero falleció sin poder llevar a cabo la obra. En noviembre de 1924 asume la responsabilidad el sacerdote Juan Scharle y el 16 de mayo de 1927 anuncia la obra que, después de varios años de intenso trabajo, se plasma en una iglesia majestuosa, consagrada a San José Obrero, diseñada por el sacerdote y arquitecto Juan Becker. Una iglesia que es un “un monumento a la fe”, una belleza arquitectónica levantada íntegramente con materiales de excelencia, muchos de ellos traídos de Europa, como los vitrales, y el trabajo de artistas, también de Europa, por sólo citar dos ejemplos, todo con el aporte económico de la comunidad, con personas que donaron verdaderas fortunas. 

Cuando los primeros colonos arribaron a la zona de Coronel Suárez para fundar Pueblo San José, tuvieron que colonizar tierras vírgenes, llenas de pajonales y animales silvestres y adaptarse a un nuevo entorno, construir viviendas desde cero y trabajar la tierra requirió esfuerzo, sacrificio y fuerza de voluntad. Por eso, la comunidad se apoyó mutuamente, manteniendo sus tradiciones y valores como la familia, el trabajo duro y la fe religiosa.

La agricultura fue la base del desarrollo económico. Los colonos demostraron ser trabajadores diligentes y lograron hacer prosperar sus campos. Con el tiempo, se desarrollaron otras actividades complementarias.

A medida que la colonia crecía, se fueron estableciendo instituciones importantes como la escuela (fundamental para preservar su lengua y cultura) y la iglesia, que se convirtió en el centro espiritual y social de la comunidad. Al igual que fueron surgiendo entidades relevantes en el orden social, cultural y deportivo.

A lo largo del siglo XX, Pueblo San José, al igual que otras colonias alemanas del Volga en la región, experimentó un proceso de integración con la sociedad argentina. Sin embargo, la comunidad siempre se esforzó por mantener vivas sus tradiciones, su lengua (el dialecto alemán del Volga), sus costumbres culinarias y sus celebraciones. Porque tiene una fuerte conciencia de su origen y de la historia de sus antepasados. Este orgullo por su herencia impulsa los esfuerzos por mantenerla viva.

Hoy en día, aunque las generaciones más jóvenes no hablan el dialecto con la misma fluidez que sus abuelos, existe un interés creciente por aprender sobre sus orígenes y participar en las festividades y tradiciones. El turismo cultural también juega un papel en la valorización y preservación de esta identidad única.

En definitiva, el esfuerzo inicial de los fundadores por establecerse y construir una nueva vida en Argentina fue acompañado de un esfuerzo continuo por mantener viva su identidad cultural, y Pueblo San José es un claro ejemplo de este legado perseverante.

 

 Julio César Melchior

Lleva más de 30 años dedicados a rescatar, revalorizar y difundir la historia y cultura de los alemanes del Volga. En la actualidad tiene disponibles tres títulos sobre los alemanes del Volga: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, en el que rescata la historia y las antiguas tradiciones y costumbres de los pueblos alemanes, “La infancia de los alemanes del Volga”, en el que reconstruye cómo era la niñez en las colonias, y “La gastronomía de los alemanes del Volga”, en el que rescata más de 150 recetas tradicionales. Para adquirir los libros pueden comunicarse a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 2926 461373. 

miércoles, 9 de abril de 2025

La inolvidable cocina a leña

 La cocina a leña tiene para los descendientes de alemanes del Volga un valor emocional muy importante. Representa la infancia, la familia y el hogar. Conecta con tradiciones ancestrales, sabores auténticos y experiencias compartidas. Es un símbolo de la tradición culinaria transmitida de generación en generación.
Su valor emocional reside en su capacidad de conectar con los momentos más importantes del pasado, con sabores auténticos y experiencias compartidas, historias, risas y comidas abundantes, con toda la familia sentada alrededor de la enorme mesa de madera de la cocina.
Además, está el crepitar de la leña, el aroma de la comida cocinándose lentamente y el calor que calienta todo el ambiente y crea una atmósfera especial que invita a la relajación y a la convivencia y a compartir reuniones familiares. Elementos y sabores fundamentales en la gastronomía tradicional porque le da un gusto único a la comida, que sobrevive en el recuerdo y en las recetas que nos legaron.
Por todo eso, la cocina a leña tiene un valor emocional que la convierte en un tesoro que debemos apreciar y conservar como un legado cultural que nos dejaron nuestros ancestros, porque es donde cocinaron y hornearon todas las recetas tradicionales.