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lunes, 8 de agosto de 2011

Bellos años de la infancia

El aroma a tiza, el cuaderno único, los lápices de colores, los antiguos pupitres de madera, y todo un universo de reminiscencias poblando las aulas de las antiguas escuelas de las colonias, que surgen en la memoria de los alumnos de aquellos lejanos años. La presencia de la Hermanas Siervas del Espíritu Santo, a veces tiernas y dulces, otras, severas y excesivamente rectas en la enseñanza y la educación. El libro de lectura. El libro de catecismo. La Biblia. El estudiar de memoria. Las lecciones. Las cuentas; los números; la aritmética; la gramática; el lenguaje... Los recreos jugando a la payana o a decenas de divertimientos que el tiempo se llevó al olvido y solamente perduran en el ayer de alguna remembranza. Los grupos de amigas y amigos tramando travesuras. Y una inocencia increíble. Niñas y niños que creían en la pureza de la vida, en las hadas, en los ángeles, en los reyes magos, y en un mundo de fantasía que la misma existencia se encargó en trocar en cruda realidad.
Eran otros tiempos, otro estilo de vida, más simples, más sencillos, quizás más felices, porque se compartía lo que se tenía, porque los sueños se podían realizar, porque nada parecía imposible y porque en la niñez no existen las palabras “no se puede”.
Sin embargo, la vida y el tiempo transcurrieron. Las niñas y los niños de aquellos lejanos años crecieron. Se hicieron mujeres y hombres de bien. La mayoría se casaron. Formaron un hogar. Tuvieron hijos. Y en la actualidad seguramente Dios los habrá bendecido con nietos. Todos supieron, de alguna u otra manera, luchar por su felicidad y hacer de sus existencias una vida honesta y digna.

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