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domingo, 30 de septiembre de 2012

Lágrimas de ángeles en el Volga


Afuera cae nieve. Es invierno. La aldea es un cúmulo de chimeneas respirando humo en la inmensa vastedad de la estepa rusa. Nadie recorre las calles. Ninguna persona osa salir y enfrentar la tempestad. Hace días que nieva. Sólo se ven caer copos de nieve, blancos y fríos copos de algodón. Caen y caen del cielo y se amontonan en los techos, en los patios, en la aldea entera.
Adentro de la casa, la leña crepita, el fuego calienta la cocina. La madre fríe Kreppel, los niños juegan; el padre arregla un zapato trabajando con lezna, aguja e hilo; el abuelo y la abuela conversan. Los minutos transcurren. Se hacen horas. Llega la noche. La familia se sienta alrededor de la mesa. Rezan. Cenan. Cantan, con voces melancólicas y desbordadas de nostalgia, antiguas canciones que los ancestros trajeron en la alforja del corazón desde Alemania.
Afuera es noche cerrada. Oscura. Dejó de nevar. Las estrellas brillan cual cristales de oro. Semejan lágrimas de ángeles suspendidas del corazón de Dios.