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martes, 18 de febrero de 2014

Volver (Historia de amor)

Soñar con volver y por fin regresar, son dos acciones bien diferentes. Pensaba Richard Rigelhof rumiando palabras y sentimientos.  Las palabras se enmarañaban en una sintaxis deformada y tumultuosa en la mente devorada por el delirio de los recuerdos. Los sentimientos se desgajaban en sensaciones que oprimían el corazón y maltrataban el alma con ternuras y caricias que el transcurso de los años pasados en la cárcel no habían podido sepultar.
Regresar... Verla de nuevo... Después de diez años, después de haberla esperado tanto durante los primeros días de encierro y llorado los restantes meses de olvido, un olvido que nunca llegó. Comprender que la vida de ella continuó... Entender que también envejeció... Sospechar que tal vez amó a alguien... Temer que se casó.
Bajó del ómnibus, que lo dejó en la avenida central de la colonia, frente a la iglesia: a él, a su ropa raída y su pequeña maleta de cuero. El y sus recuerdos. El y su dolor. El y su amor. Anacrónicos y fuera de lugar.
Caminó unos pasos... Se detuvo... La colonia había cambiado. “Claro, diez años es mucho tiempo, demasiado”, reflexionó con tristeza.
Estaba desorientado. Esperó tanto por este instante que ahora que lograba estar donde quería, no sabía qué hacer. Tampoco quedaba espacio para dilatar nada. El destino lo esperaba. El final de su peregrinar se acercaba. Lo intuía.
Marchó hacia la casa parroquial. Allí lo recibió  el cura. Un hombre anciano pero de mirada vivaz y severa. Lo hizo pasar al despacho. El forastero preguntó dónde vivía Clara Liebermann. El sacerdote lo miró fijo. Hizo memoria... Una larga y tediosa pausa. Un silencio parecido a la angustia envolvía a los dos hombres... Y el cura recordó. El forastero era Richard Rigelhof, “el que hace diez años mató de una puñalada en el corazón a aquel pobre muchacho, hijo de don Luciano”, sentenció para sí mismo, castigándolo. El rostro lo delató. La mirada se trocó en asco. “Me recuerda”, pensó el forastero.
“Los padres de Clara habían arreglado una boda conveniente para ella. Conveniente no... acorde a su noble jerarquía social. Pero la tonta de Clara amaba a este pobre diablo que no tenía donde caerse muerto”, continuó reflexionando el sacerdote. “Eso desencadenó la tragedia”.
“Clara Liebermann se casó y se marchó de la colonia”, dijo por fin el cura, con profunda amargura.
El forastero no se inmutó. No dijo nada. Tomó su valija y se marchó. Ya en la calle, lloró, lloró desconsoladamente.
En la oficina parroquial, el cura seguía recordando. Clara nunca se casó. Sus padres la encerraron en una habitación para que no escapara tras los pasos del asesino. Tanto lo amaba. A los tres días de que la policía se llevara al delincuente, la encontraron atiborrada de pastillas para dormir. Muerta.
“Fin de la historia”, exclamó el sacerdote, saliendo a la calle, rumbo a la iglesia, para oficiar la misa de las seis de la tarde.

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. El amor tiene tantos matices...

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    2. Muchas gracias por visitar el blog, leer y dejar vuestras opiniones y sensaciones.

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