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domingo, 1 de marzo de 2015

Como no amarla tanto a Doña Ana

Como no amarla tanto a Doña Ana. Esa anciana vestida de negro, con las manos abiertas al abrazo, llenas de ternura, de Dünekuchen y pan casero con manteca y miel. Esa abuela buena y siempre sonriente, a pesar de los duelos, de las angustias, de los sufrimientos cotidianos y su pobreza permanente, que vivía a la vuelta de casa. Eterna viuda de nuestra niñez. Con su corazón enorme. Su alma infinita. Su comprensión constante. Sus consejos sabios. Su amor incondicional. Su recuerdo a flor de piel de seres queridos que se le habían ido con los años y la vida, que visitaba todos los días en el cementerio, para contarle sus vivencias, llorar desconsoladamente, y dejarles flores y agua bendita.
Como no amarla tanto a Doña Ana. Como no recordarla en este instante de soledad, si es un trozo imborrable de mi niñez, esa niñez de antaño, entre casas de adobe y calles de tierra. Esa niñez que vive en mi memoria, al igual que Doña Ana, que partió el día que dije adiós y me fui de la colonia para no regresar jamás.

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