
Acusados de espías
y agentes nazis, el ejército rojo inició las represiones; miles de dirigentes
fueron capturados y fusilados; toda la población fue deportada, arrancados de
sus hogares; los cargaron como animales en vagones de carga, incluyendo todo
habitante de ascendencia alemana aún los oficiales y soldados del ejército ruso
de etnia alemana; los que no fueron fusilados, fueron condenados a trabajos
forzados, muchos murieron de hambre y de frío. Fueron literalmente borrados del
mapa y nunca se los mencionaba, estaba terminantemente prohibido visitarlos. Ni
siquiera se reconocía que existían. Ellos habían sido formalmente abolidos.
Eran víctimas de la política de la xenofobia.
En su mayoría los
desplazados eran niños, mujeres y ancianos. Los hombres entre los 16 y 40 años
estaban en el ejército de trabajos forzados (Trudarmee), separados de sus
familias por centenas o miles de kilómetros y sometidos a trabajos igualmente
forzados. Los guardias soviéticos no se hacían problemas por la gran mortandad
entre los trabajadores esclavos: los reemplazaban simplemente por otros nuevos.
En un genocidio lo que importa es terminar lo antes posible con la vida de las
víctimas. Muchas ciudades construidas en esa época se levantaron sobre los
despojos de los alemanes étnicos.
Los deportados
fueron transportados lentamente en vagones para el ganado hacia Siberia, Asia
Central y el alto Norte, pasando el Círculo Polar Ártico. Lo alimentación era
escasa, ya que debían alimentarse de lo que habían recogido en sus granjas. Los
que morían se enterraban a la vera de las vías del tren, cuando el tren se
paraba, o eran arrojados fuera de los vagones cuando el tren seguía su marcha
por días sin detenerse.
El fin del viaje
era un descampado nevado. Allí los desplazados debieron construir sus chozas
con los materiales que se encontraban en el lugar y ponerse a trabajar. Bajo
vigilancia militar, con alimentación escasa, debían trabajar desde antes del
amanecer hasta después de ponerse el sol. Habían sido desplazados de sus
hogares y debían trabajar como esclavos hasta morir, sin derecho a réplica ni a
queja.
Aunque el ejército
de trabajo fue abolido pocos años después de que la guerra hubiera terminado,
la situación difícil de la vida para los alemanes étnicos en Rusia continuaba
durante la época del llamado Komendatur: No se les permitió moverse o viajar
fuera de su domicilio actual sin un permiso firmado por un funcionario y debían
reportarse a la policía militar cada mes, en algunos casos cada semana. Esta
política de humillación y racismo continuó hasta 1956, tres años después de la
muerte de dictador José Stalin y seis meses después que los prisioneros de
guerra alemanes dejaron la Unión Soviética, por gestiones del canciller alemán
Adenauer les levantaron las penosas restricciones que les habían impuesto y se
retiraron las acusaciones indicadas en el decreto especial publicado el 28 de
agosto de 1941. Pero recién el 29 de agosto de 1964 que un segundo decreto
admitía abiertamente la culpa del gobierno soviético de la persecución y
genocidio de un pueblo inocente y fueron legalmente libres de elegir su
domicilio y de volver a sus lugares de origen, algunos funcionarios, sin
embargo, hicieron su mejor intento para evitar que los alemanes vuelvan a sus
aldeas en el Volga. Las negociaciones del restablecimiento de la república de
los alemanes de Volga no condujeron a nada.
Sin embargo, la
discriminación contra los alemanes étnicos todavía prevaleció luego: la mejor
educación, los trabajos bien pagados y las posiciones de alto perfil en el
empleo estaban casi fuera de alcance hasta el derrumbamiento de la Unión
Soviética en 1991. El vivir en ciertas áreas y los viajes al exterior para los
alemanes étnicos eran más difíciles de arreglar que para cualquier otra nación
anterior de la Unión Soviética.
Como consecuencia de la vida impuesta en los campos de concentración, la generación de sobrevivientes de alemanes del Volga que quedó en Rusia creció sin familia y sin escuela. Las familias alemanas fueron diezmadas, los niños que podían producir eran rápidamente obligados a desarrollar trabajos forzados, y se les prohibió la educación. En el marco de estas necesidades, los sobrevivientes se vieron obligados a firmar renuncias que vulneraban aun más su dignidad humana en otros aspectos pero ponían fin a la persecución. A diferencia de otros pueblos víctimas de genocidio, los alemanes del Volga nunca fueron indemnizados.
Como consecuencia de la vida impuesta en los campos de concentración, la generación de sobrevivientes de alemanes del Volga que quedó en Rusia creció sin familia y sin escuela. Las familias alemanas fueron diezmadas, los niños que podían producir eran rápidamente obligados a desarrollar trabajos forzados, y se les prohibió la educación. En el marco de estas necesidades, los sobrevivientes se vieron obligados a firmar renuncias que vulneraban aun más su dignidad humana en otros aspectos pero ponían fin a la persecución. A diferencia de otros pueblos víctimas de genocidio, los alemanes del Volga nunca fueron indemnizados.
Se calcula que
entre 1941 y 1948 murieron alrededor de 572.281 personas Sin embargo, la enorme
pérdida de vidas humanas sufridas, ciertamente sirve para categorizar la
Deportación a Siberia de la etnia alemana, como crímenes de lesa humanidad,
pues se calcula que murieron en total de hambre, de frío, fusilamientos, etc.
etc. serían más de 1.000.000 de almas.
Pero
a pesar de todos los contratiempos y de tanto pero tanto dolor, el espíritu y
la fuerza de voluntad de los alemanes del Volga nunca logró ser doblegado. La
fe la mantuvo en pie. Fe en Dios, en sí misma, en la esperanza en un mañana
mejor, que son paradigmas ancestrales de la raza alemana. “Había momentos en
que casi no me podía mover del cansancio y del hambre”, confiesa con un hilo de
voz que se asemeja a un susurro mientras sus pupilas estallan en lágrimas.
“Pero el deseo de vivir y la esperanza hacia una vida mejor eran muy grandes”,
logra murmurar luego de un silencio que le permitió reponerse ante el acoso de
los recuerdos que todavía la lastiman. “Me ayudaron muchísimos los rezos y los
cánticos religiosos. Rezábamos antes de dormir y antes y después de todas las
comidas y también a la mañana cuando nos levantábamos”, concluye dejando
traslucir en el murmullo de las palabras alemanas y en el apergamino y sufrido
rostro, la luz de la fe. Esa luz que también la iluminó en la noche más oscura
y en los días más negros de la deportación a Siberia.
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