
Concluida la tarea, se aprestaba
a lavar la ropa de todos los integrantes de la familia en la enorme palangana
de chapa, fabricada por Kunst, el hombre que lo arreglaba todo en la colonia. Lavaba a mano, fregando las
prendas en la tabla de lavar, también fabricación local, realizada por José, el
carpintero.
Mientras
lavaba, comenzaba a preparar el almuerzo. Desde temprano, para que todo
estuviera bien cocido. Buscaba las verduras en su huerta, las pelaba, cortaba y
picaba. La carne la proveían sus animales domésticos. Los fideos los amasaba
ella.
Era
poco, casi nada, lo que se compraba en el almacén de don Juan. Apenas la harina
y algún ingrediente menor.
A las
doce, con el toque de las campanas de la iglesia, llamaba a almorzar. La cocina
olía a abuela, a hogar. En el ambiente se respiraba amor. EL mismo amor que
surge en mi corazón, al recordarla, al escribir estas líneas y eternizarla en
esta remembranza.
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