
“Vivíamos lejos de la colonia. Creo que
a unos doscientos kilómetros. Y a cincuenta de distancia de cualquier pueblo o
ciudad. Así que no quedaba otra que arreglárselas solo. Mi mamá hacía de madre,
de médico, de todo. Uno de mis hermanitos murió a los tres años. Mi papá lo
envolvió en una manta y juntos, él y mamá, lo llevaron a la colonia, para
sepultarlo. Nosotros nos quedamos solos en el campo, llorando, yo y mis seis
hermanos.
“Mi niñez fue muy corta. Enseguida tuve
que empezar a ayudar a trabajar en las tareas rurales. Recién tenía siete años
y ya tenía que regar la quinta con mis hermanos y mi mamá. También tenía que
lavar la ropa, que era mucha. El agua había que
traerla con baldes, desde el molino, que estaba a cincuenta metros de la
casa.
“No pude ir a la escuela porque quedaba
muy lejos. Mi mamá me enseñó a leer la Biblia, que casi sé de memoria de tanto
leerla. Es el único libro que leí en toda mi vida. Dios siempre nos protegió y
cuidó. Siempre tuvimos trabajo, casa y comida. Mis papás trabajaron en ese
campo hasta que se hicieron viejitos. En aquel tiempo no había jubilación. Así que,
cuando se hicieron grandes, se fueron a la colonia, a la casa de uno de mis
hermanos. Mis papás trabajaron toda su vida, criaron catorce hijos pero nunca
pudieron comprarse una casa. Nadie les dio una mano. No es como ahora en que
todos reciben ayuda. En aquel tiempo el gobierno no te ayudaba. Tenías que
arreglártela sola si eras pobre.
“Yo permanecí en el campo, con ellos,
trabajando a la par de mi mamá y de mi papá, hasta que me casé, a los veinte. Entonces
me fui con mi marido a trabajar a otro campo, más cerca de la colonia. Era un
tambo. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para ordeñar las vacas. En el
invierno con unas heladas tremendas. Las espaldas de las vacas estaban blancas
de escarcha. Las manos temblaban de frío. Pero el trabajo había que hacerlo.
“Tuve nueve hijos. Uno de ellos también
nació en el campo. Me ayudó, como pudo, mi esposo. Los demás nacieron en la
colonia, en casa de una abuela. Uno de ellos, murió a los seis años. Repentinamente.
Fue un golpe muy duro.
“Trabajamos toda la vida en ese mismo
lugar. Y nos fuimos con una mano atrás y otra adelante. Lo único bueno fue que
pudimos tener una casa. Después nada. Los patrones se aprovechaban. Nos hacían
trabajar y trabajar. Hasta los domingos. Solamente salíamos de visita a la
colonia, en semana Santa, para Pascua, y en Kerb. Nada más que dos veces al año.
“Hoy estoy sola. Mi marido
murió hace muchos años. Y todos mis hijos se casaron. Tengo noventa y un años. Todavía
puedo hacer todo sola. Me cocino. Me lavo la ropa. Leo la Biblia. Rezo. Le
agradezco a Dios estar sana” –concluye Ofelia Haffner.
Una historia muy fuerte que sin lugar a dudas, eran común en esos días.
ResponderEliminarTodas historias díficiles.
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