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viernes, 25 de noviembre de 2016

Historia de vida de la abuela Ofelia Haffner, de 91 años

“Nací en el campo, en el dormitorio de la casa donde vivían mis padres. Sin ayuda de partera ni de médico. Mi mamá me contó que ella estaba sola, con su hija de dieciséis años y mis otros tres hermanos, más pequeños. Mi papá estaba arando el campo, lejos de la vivienda. Recién se enteró que yo había nacido, a la noche, cuando regresó para cenar” –recuerda Ofelia Haffner.

“Vivíamos lejos de la colonia. Creo que a unos doscientos kilómetros. Y a cincuenta de distancia de cualquier pueblo o ciudad. Así que no quedaba otra que arreglárselas solo. Mi mamá hacía de madre, de médico, de todo. Uno de mis hermanitos murió a los tres años. Mi papá lo envolvió en una manta y juntos, él y mamá, lo llevaron a la colonia, para sepultarlo. Nosotros nos quedamos solos en el campo, llorando, yo y mis seis hermanos.
“Mi niñez fue muy corta. Enseguida tuve que empezar a ayudar a trabajar en las tareas rurales. Recién tenía siete años y ya tenía que regar la quinta con mis hermanos y mi mamá. También tenía que lavar la ropa, que era mucha. El agua había que  traerla con baldes, desde el molino, que estaba a cincuenta metros de la casa.
“No pude ir a la escuela porque quedaba muy lejos. Mi mamá me enseñó a leer la Biblia, que casi sé de memoria de tanto leerla. Es el único libro que leí en toda mi vida. Dios siempre nos protegió y cuidó. Siempre tuvimos trabajo, casa y comida. Mis papás trabajaron en ese campo hasta que se hicieron viejitos. En aquel tiempo no había jubilación. Así que, cuando se hicieron grandes, se fueron a la colonia, a la casa de uno de mis hermanos. Mis papás trabajaron toda su vida, criaron catorce hijos pero nunca pudieron comprarse una casa. Nadie les dio una mano. No es como ahora en que todos reciben ayuda. En aquel tiempo el gobierno no te ayudaba. Tenías que arreglártela sola si eras pobre.
“Yo permanecí en el campo, con ellos, trabajando a la par de mi mamá y de mi papá, hasta que me casé, a los veinte. Entonces me fui con mi marido a trabajar a otro campo, más cerca de la colonia. Era un tambo. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para ordeñar las vacas. En el invierno con unas heladas tremendas. Las espaldas de las vacas estaban blancas de escarcha. Las manos temblaban de frío. Pero el trabajo había que hacerlo.
“Tuve nueve hijos. Uno de ellos también nació en el campo. Me ayudó, como pudo, mi esposo. Los demás nacieron en la colonia, en casa de una abuela. Uno de ellos, murió a los seis años. Repentinamente. Fue un golpe muy duro.
“Trabajamos toda la vida en ese mismo lugar. Y nos fuimos con una mano atrás y otra adelante. Lo único bueno fue que pudimos tener una casa. Después nada. Los patrones se aprovechaban. Nos hacían trabajar y trabajar. Hasta los domingos. Solamente salíamos de visita a la colonia, en semana Santa, para Pascua, y en Kerb. Nada más que dos veces al año.
“Hoy estoy sola. Mi marido murió hace muchos años. Y todos mis hijos se casaron. Tengo noventa y un años. Todavía puedo hacer todo sola. Me cocino. Me lavo la ropa. Leo la Biblia. Rezo. Le agradezco a Dios estar sana” –concluye Ofelia Haffner.

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